miércoles, 10 de febrero de 2021

De Sócrates a Napoleón

    Dios bendice con el sol, pero mas bendice con la lluvia, solía decir la mamá antigua en quechua, lo decía mirando el fogón de la tullpa mientras tostaba el maíz, atizando la braza repetía quimeras y preludios, -hoy toca baño- exclamó aquella madrugada de domingo. Esas mañanas soleadas en el patio de la gran casa significaban el preludio de los baños en tina para Charly y Samuel lo que confirmaba lo dicho por la mamá antigua. Cuando el cielo amanecía despejado de nubes, mostrando un azul profundo y limpio, ellos sabía que alguna de las mamás pondrían a calentar el agua al sol, confirmaban también que la mamá antigua tenia una forma de saber lo que pasaría en el futuro, no entendían por que para ellos el sol sería una bendición y con el paso de día no les quedaría la duda alguna de por que la lluvia sería mas bendita que los rayos del sol. 

    Los chorros de agua entibiada al sol recorrían sus cabezas, las tinas estaban dispuestas una al costado de otra, casi llenas de agua, alguna de las mamás las había puesto a solear desde muy temprano, los rayos de sol tostaban las mejillas de Charly y Samuel, mejillas rojas y cuarteadas por el aire frío y seco de las alturas, en sus espaldas huesudas se podían notar los huesos de sus columnas y contar fácilmente sus delgadas costillas una a una, ambos tiritaban parados en sus respectivas tinas con el agua hasta las rodillas, se vertían el agua ellos mismos con pequeños tazones de plástico y a cada remojada exponían a la voluntad del viento que recorría el patio sus mas profundos suspiros estremecidos por temblores fugaces, risotadas mezcladas con ansias ocultas y llantos ahogados. El recorrido del agua deslizándose desde sus cabezas hasta sus espaldas bajaba aún mas y se bifurcada en sus pequeñas panzas abultadas por la sequedad de sus pieles infantiles, de esa forma se abría paso como torrente de ríos que vienen cargados en épocas de lluvia, el volumen del agua acariciaba las grandes melenas que ya se dejaban ver lineales y brillantes en sus cabezas como esas algas delgadas y largas en el fondo del Opamayo, sus cabellos bajaban por los cuellos y se dispersaban por los grandes surcos que sus vértebras cervicales y las estribaciones de sus omóplatos dibujaban en sus pequeñas espaldas, cuando ambos sentían la caricia de sus cabelleras en sus cuellos y el inicio de sus pequeñas espaldas un miedo profundo los invadía, esa sensación irremediable era una señal premonitoria e inequívoca de que nuevamente estarían a merced de las garras de Napoleón.

    Por esa época un dolor de muelas tenia un efecto premonitorio menos fatal que una melena crecida, ir al dentista era un paseo de verano frente a la tortura de ir a la peluquería para un corte de cabello en las manos de Don Napoleón. Cuando alguna muela era derrotada por ese constante masticar de los caramelos y chicles de globo que se podían conseguir por un Inti en la tienda de "Pepelucho" y el dolor llegaba al punto de quitarles el sueño, ese sueño que por esos años solía ser profundo y maravilloso para ambos, el camino al consultorio del Dr. Sócrates era una bendición, Samuel pensaba que seguramente seria "Doctor de saca muelas" cuando sea grande y Charly convenía en pensar que Samuel tenía buenos planes y en esas ocasiones ambos caminaban despreocupados al consultorio de Sócrates sumergidos en sus sueños infantiles recordándolos del insomnio de la noche anterior, con la mirada fija en el cielo azul, el ingreso era bastante alegre, la mamá grande siempre era bien recibida en aquel consultorio, siempre con mucha reverencia, ella mandaba a sentar a ambos y la espera era relajada, ambos sentados uno al lado del otro leían y releían las caricaturas de las revistas de variedades que podían tener al alcance en la mesa de cetro. El zumbido de la fresa taladrando las piezas dentales de pacientes aterrados solo sacaban sonrisas tímidas y cómplices disimulando la incertidumbre que encerraba el turno de cada uno, algunos minutos taladrando caries y llenándolas de amalgama no apenaba a ninguno, solo les dejaba un sabor extraño y algún calambre de mandíbula, salían del consultorio y caminaban con confianza y chasqueando sus diente a cada movimiento brusco de mandíbula, siempre con una licencia adicional para visitar a Pepelucho cada que consigan un Inti.

    Esa mañana de sol, de baño dominical, preludio del horror, el baño no alcanzó para el paseo por el parque o la visita a alguna feria de juegos mecánicos itinerantes, tampoco seria un domingo de televisión en casa de algún vecino televidente. Sería un domingo de peluquería y el ambiente en la casa grande se tornó sombrío, el desayuno a media mañana fue bastante triste, Charly y Samuel miraban como la leche de vaca recién hervida se enfriaba sin ser víctima de algún sorbo y tampoco tocaban un solo pan caliche a pesar que ese domingo tocaba comerlos con abundante nata, el silencio en la mesa era de velorio señorial, las miradas andaban entre las tazas de leche y la mesa, algunas veces, Carly y Samuel cruzaban las miradas y las risas cómplices eran mas bien expresiones de pánico. Así pasó aquella mañana de espanto, a la hora del almuerzo el escenario fue mas funesto, para el colmo del mal a alguna de las mamás se le había ocurrido cocinar sopa de calabaza, esto confirmaba la desgracia de aquel domingo, Samuel pensaba que solo faltaba que se nublara y que no lloviera, por que la alegría rondaba en los días soleados y el júbilo en los días lluviosos.

    Napoleón Retamoso, el único peluquero del pueblo, era licenciado de las fuerzas armadas del Perú y peluquero general de la base militar de Huanta, forastero en éste pueblo curioso de perros lanudos y niños greñudos, pueblo de señores de parque, de puquios y arboles chismosos, forastero pero ya acostumbrado a esa gente chismosa y dicharachera, gente desconfiada y poco amigable, aprendió los usos, modales y costumbres, reconoció a los viles y los respetables; él un era hombre de mediana estatura, regordete para sus años, subido de peso pero no en extremo, exhibía una prominente barriga que combinaba con esa contextura gruesa, para cuando Charly y Samuel pasaron por su peluquería, sus tijeras y maquinas oxidadas debería estar contando poco menos de setenta años que dejaba notar con esos temblores en las manos y las arrugas pronunciadas en todo su rostro, el cuello casi ausente pero a algo doblado a la izquierda al parecer permanentemente por que nunca se le vio de otra forma, tenía la mirada ya cansada por el correr impune de un tiempo que no perdona, no quería lucir su cabeza calva, la que trataba de esconder con mechones largos de cabellera muy negra sin una sola cana, mechones que salían de un poco mas arriba de su patilla izquierda y permanecía pegada a modo de cobertura tenue y frágil al viento, era de tes cobriza, tenía los ojos pequeños y muy vivaces, nariz chata con anchas fosas nasales que le daban un aspecto amable, a la postre, nada mas alejado de la realidad; tenia las manos gruesas y bastante fibrosas, sus dedos difícilmente entraban en los dedales de las tijeras, pero eran precisas con las maquinas de barbero, aquellas de largas palancas, lucia siempre un guardapolvo casi blanco muy pulcro, ligeramente azulado por el añil y graciosamente almidonado en el cuello, pantalón negro de paño y zapatos de charol. Nadie sabia si era Huantino, pero llego del cuartel de Huanta al cuartel del pueblo donde fue dado de baja años después, así es como decidió quedarse y se instaló en una pequeña tienda de la avenida Centenario y ejerció su oficio todo ese tiempo hasta una tarde lluviosa en que la muerte lo encontró durmiendo una siesta en una de sus sillas blancas, ante la ausencia de clientes, las horas pasaron y un atrasado cliente notó que no se movía, su mano colgaba al lado de lona con cuero donde afilaba sus navajas.

    Ya entrada la tarde de ese domingo fatal y después de haber terminado con esfuerzo la sopa de calabaza, Charly y Samuel se alistaban para que la mamá menor los lleve a la peluquería de Don Napoleon, Se oyeron las campanadas de la misa de tres y el viento fresco entraba por la puerta del cuarto que compartían y en el que frente a un espejo trataban de esconder las grandes mechas de cabello que a ambos se les escapaban por encima y detrás de las orejas, los largos mechones de cabello que bajaban indómitos desde el extremo mas alto de sus parietales  y que les cubría ya toda la frente y sus cuellos huesudos, si no fuera por los copetes no hubieran podido ver mientas caminaban a la fatal esquila. El miedo se apoderaba de ellos, sudaban ligeramente y en algunos momentos pensaban en escapar de la gran casa, salir corriendo sin voltear, cruzar corriendo el patio y pasar la por la puerta que daba a la calle Sucre rumbo al cerro San Cristobal, tomar la entrada que da a uno de los caminos que sube la cuesta al lado de una de las tantas zanjas del cerro y buscar la cumbre a paso firme, llegar quizás muy lejos subiendo por otros cerros y buscar un pueblo mas pequeño donde no hayan peluqueros, donde los niños no tengan que cortarse los cabellos, donde todos vivan felices con sus melenas al viento, pero despertaban y se hallaban en la casa grande ya listos para salir.

    Salieron de la habitación muy bien peinados y engominados, mas bien enlimonados, ellos sabían que los limones son buenos para fijar los cabellos rebeldes, la mamá grande los esperaba en el zaguán que daba a la calle Moore, -salieron con pinta de Gardel-, dijo la mamá grande -en figura y ánimos- añadió, la mamá menor esta vez no iría y no sería de ayuda para una definitiva súplica y posible fuga o mentira piadosa para salvarlos hasta el otro domingo. 

Los tres salieron de la casa grande y tomaron la calle Moore rumbo a la calle Colón, el tiempo se hacia eterno y caminaron apresurados hasta la calle Grau, doblando la esquina y ambos sintieron el temor de la cercanía, la misa de tres ya había comenzado, llegando al parque miraron la iglesia y vieron cómo el sol de la tarde entraba por las ventanas laterales de la nave principal de la iglesia matriz, cruzaron miradas y juntos elevaron una oración, la que nunca fue mas sincera que aquella tarde, tomaron la calle Centenario y repararon en que, metros atrás pasando por la comisaría que se hallaba en una casa antigua frente al parque, miraron dentro de su pequeña recepción, su piso de madera, el escritorio plomo casi vacío y recordaron que vieron también a dos guardias que fumaban despreocupados en la vereda que continuaba desde la gran puerta de madera a la calle, aquella puerta que nunca vieron cerraba en toda su vida, pensaron en volver e internarse voluntariamente y meterse a la fuerza en las dos pequeñas y precarias celdas que tenia aquella comisaría, uno en cada una de ellas,  miraron la expresión augusta y decidida de la mamá grande que andaba a paso firme sobre sus tacos elegantes y declinaron sus intenciones, seguían caminando con paso redoblado para poder andar al ritmo de ella y pasaron por la farmacia pensando en alguna solución o jarabe que los exonere de la tortura a la que a fuerza los llevaban, el estudio fotográfico era la antesala, la tienda de novedades y salón de alquiler de Betamax al frente del estudio, eran ensueño de su infancia, seguramente habrían preferido entrar a este salón y vivir encerrados hasta tener las greñas como de rocanrolero, pero esta vez no sería posible.

    Por fin llegaron a la peluquería de Don Napoleón, subieron la alta vereda y la mamá grande se detuvo a unos centímetros del marco de la puerta, Don Napoleón la miro de reojo, detuvo su trabajo, con dificultad sacó las tijeras de sus gordos dedos y las dejo en la mesa junto al gran espejo, se sacudió el guardapolvos con un cepillo de pelos delgados, largos y curvados, se acercó a la puerta y con una reverencia saludó hoscamente y estiró su gran mano derecha para dársela, la mamá grande, saludó muy respetuosamente a Don Napoleón, estiro su delicada mano derecha cubierta por un guante de cuero negro y con otra reverencia, mas amable; selló el trato, inmediatamente pidió ¡corte Alemán para ambos!

    Gotas de sudor frío recorrieron las frentes y los cuellos de Charly y Samuel, se miraron fijamente, suspiraron y apretaron sus manos, pensaron en correr, Charly dio un paso atrás, pero regresó rápidamente, Samuel contenía el llanto y pasaba la saliva cada vez que pensaba en el momento de sentarse en esa silla de peluquero, de base redonda, brillante y muy blanca, esa que tenia un gran espaldar acolchado y se veía que estaba hecha de hierro forjado, la observaba; esa apariencia le imprimía un aire aún mas terrífico. La mamá grande les ordenó que pasaran y se sentaran en las bancas al otro lado de los espejos de la peluquería, pagó dos cortes y añadió una propina para un trato preferencial, Don Napoleón agradeció y esbozó una amable sonrisa en el mismo momento que con una reverencia se despidió, dió media vuelta y a prisa retomó su trabajo, la mamá grande miró firmemente a sus protegidos y eso basto para mantenerlos sentados hasta que el verdugo terminó con el joven que ocupaba la silla mas próxima a la puerta y ordenó a Charly pasar, limpió y sacudió los cabellos  con el cepillo de pelos finos, largos y curvados y se dispuso a acomodar sus instrumentos de tortura en la mesa junto a los espejos.

    Charly se levanto de la banca, caminó lentamente mirando el suelo, Don Napoleón subió una caja de madera sobre el tapiz rojo de la silla de base redonda, la acomodó cerca del espaldar acolchado y puso un cojín mas pequeño sobre de la caja, puso una pequeña madera sobe el tapiz rojo del de la silla grande para que Charly no estropeara con sus zapatos sucios e inmediatamente le indico a Charly que subiera, sacudió y acomodó el mandil blanco y lo ató al rededor del cuello de Charly, examinó la anatomía de la cabeza de Charly, la movió de un lado a otro, tomo una maquina pequeña, una que tenia apariencia de instrumento quirúrgico con una mariposa a modo de tuerca adosada a un tornillo que se introducía en el cuerpo de aquel artilugio, tenía dos palancas a modo de agarraderas movibles que Don Napoleón tomó y presionó con inusitada torpeza a modo de prueba, lo que repitió antes de comenzar con la tarea que lo acometía, dicha práctica inmisericorde quebró los nervios de Charly, una mirada de reojo con la cabeza agachada y una lágrima fugada hicieron estremecer todo el cuerpo de Samuel. Don Napoleón empuja la nuca de Charly haciendo presión entre la base de su quijada y los sobresalidos extremos de sus clavículas; finalmente con la otra mano procede a llevar la maquina de la nuca hacia la parte mas alta de la cabeza de Charly.

    Cuando casi toda cabellera de la nuca de Charly estaba al nivel de su cuero cabelludo Samuel pensó en pedirle ayuda a la mamá grande, volteó la mirada hacia la puerta y con sorpresa vio que la mamá grande ya no estaba, enderezó la mirada y Samuel pudo ver que Don Napoleón tomaba la pequeña cabeza Charly para girarla bruscamente hacia la derecha, posicionó su maquina en la parte trasera de la oreja y con movimientos torpes procedió una vez mas a esquilar al ras, lo mismo hizo con la patilla y el cabello arriba de sien, con un par de golpes indicó a Charly que moviera la cabeza hacia la izquierda y repitió la operación con menos pericia y con mucho mas desgano. El peluquero parecía aborrecer su oficio, pero había un cierto afán en él, un afán por el disfrute, un cierto goce con el chillido y gimoteo de sus víctimas, una serie de sentimientos contradictorios con los que luchaba ese hombre a cada corte de cabello. Cuando pudo terminar con la maquina infernal de esquilar ganado ovino, tomó las tijeras y metió sus dedos gordos en los ojales brillantes de sus oxidadas tijeras, dio unos cuantos cortes al aire a manera de práctica, sacudió el cabello que Charly tenia en la frente y procedió a cortar el copete enlimonado, los mechones caían y las lágrimas de Charly se dejaron ver cuando mojaron gota a gota el blanco mandil que lo envolvía desde el cuello. Las tijeras dejaron de sonar, Samuel levanto la mirada y vio como Don Napoleón mojaba los pocos cabellos que quedaban en la cabeza de Charly, tomo unpeine deslucido y lleno de cabellos diminutos e intentó peinar el menudo mechón que dejo en la cabeza de Charly, pero el constante pasar del peine parecía arrancarle todavía mas cabellos. Ambos pensaron que la tortura terminaba con esa operación, pero Don Napoleón tomó una pequeña taza de fierro enlozado, muy vieja y despostillada, ésta taza contenía una pequeña brocha con la que saco espuma a un jabón que se hallaba en el fondo de la taza, despues de verter un chorro de agua, puso la espuma en la nuca, arriba de las orejas y en las patillas de Charly, dejó la taza, tomó una navaja blanca, camino a un lado de la silla y tomó la lona de cuero, desenfundo la hoja de la navaja y la afiló toscamente, una y otra vez, a uno y otro lado, el sonido de la hoja de metal golpeando el cuero y deslizándose de arriba hacia abajo era infernal, era un ritmo lúgrube, finalmente terminó y soltó la lona que golpeó bruscamente la base blanca de aquella silla, tomó la hoja con el pulgar y el dedo índice y puso la cola blanca de la navaja entre su dedo anular y el meñique, solo en ese momento Samuel pudo ver del temblor en la mano derecha de Don Napoleón, a pesar de eso pudo terminar de rasurar todas las áreas enjabonadas, limpió la hoja, sacudió el brazo y al momento de dejar la navaja en la mesa tomó un aparato rarísimo que parecía un tetera árabe con un pico muy fino conectado por una pequeña cañería a un globo de jebe que procedió a bombear con fuerza para que el pico pudiera expulsar un aerosol de alcohol que pulverizó desde la patilla derecha a la izquierda pasando por la nuca, tomó el cepillo de pelos finos, largos y curvos y al tiempo de sacar el mandil blanco limpiaba los mechones cortados que caían en los hombros y espalda de Charly. A prisa bajó de la caja al posa pies de la silla del peluquero, de un salto quedó en el suelo, miró a Samuel y corrió a abrazarlo.

    Don Napoleón miro a Samuel y con un movimiento de cabeza le indicó que subiera a la silla y trepara arriba de la caja, Samuel sintió una descarga helada que le recorrió el espinazo entero, solo oyó decir a Charly: -tu puedes hermano- después de una pausa Samuel respondió: -no creo que pueda-. Don Napoleón no estaba dispuesto a perder el tiempo a pesar de la generosa propina, caminó hacia ellos, tomó a Samuel por el hombro y lo aproximó a la silla, con un empujón lo subió al asiento y a empellones lo acomodó sobre el cojín arriba de la caja, sacudió el mandil blanco y se la colocó en el cuello y dio inicio a su ritual macabro, desde el empujón que exponía la nuca de Samuel y la dejaba a merced de los instrumentos y torpes artes de Don Napoleón, hasta los empujones para bajarlo de la silla. 

    Samuel sentía que a cada recorrido de la maquina mas que cortarle el cabello se lo arrancaba, sentía como pequeños mechones eran arrancados de raíz una y otra vez y cuando quería quejarse del dolor Don Napoleón le daba un pequeño empujón con la maquina, en ese momento entendió el llanto de Charly. Cuando por fin tenia la nuca pelada y de un empujón sintió que le acomodaba la cabeza hacia el lado izquierdo y volvió a sentir el arrancar de cabellos del de la patilla hasta las mechas arriba de su sien, con un fuerte empujón y apretón a la cabeza, Don Napoleón dejó derecha su cabeza, tomo las tijeras y de la misma forma que la maquina, lo que hacían esas tijeras era arrancar el cabello de la raíz, el paso de la navaja afilada dejó algunos cortes en el cuello de Samuel y una pequeña herida sobre su oreja derecha, para los que el alcohol pulverizado y los quejidos por el ardor fueron el clímax de la tortura, pero había acabado y sin creerlo había sobrevivido, después de limpiar desidiosamente sus herramientas de tortura, Don Napoleón procedió a retirar el mandil blanco del cuello de Samuel y limpiarle los hombros y la frente con el cepillo de pelos finos, largos y curvados, con un ademán lo obligó a saltar de la silla y después de sacudir su guardapolvo blanco y el mandil blanco, obligó a otro peregrino a subirse al patíbulo de base blanca y espaldar acolchado con estructura de hierro forjado, siempre sobre la caja y el cojín, era otro niño que ya sufría con ellos. 

    Samuel corrió al extremo de la peluquería donde Charly lo esperaba, voltearon y miraron tímidamente al peluquero y ante la indiferencia de éste, salieron cuidando de no ser sorprendidos por sus macabras intensiones nuevamente, caminaron lento haciendo sonar las tablas del piso, uno agarrado del otro, llegaron a la puerta, bajaron a la vereda y cuando supieron que ya no los miraba comenzaron a correr sin voltear, llegaron al parque casi sin aire y mirándose vivos y sin cabello se tomaron de las manos y saltaron en círculos al rededor de la pileta del parque, se dieron cuenta que el ardor de las heridas les quemaba sus cuellos y cabezas, el ardor era insoportable y muy molesto, pensaron en la suerte de salir con vida de aquella experiencia, caminaron al atrio de la iglesia y con las manos juntas agradecieron estar vivos, con esos ardores terribles, pero vivos. Cuando aun no terminaban de rezar sus avemarías sintieron las gotas gruesas de una lluvia inminente, apuraron el rezo y salieron del atrio al tiempo que la lluvia estaba encima de ellos y fue inevitable sentir como cada vez mas gotas bajaban de sus cabezas algunas gruesas otras delgadas y algunas se deslizaban hasta sus labios para dejarlos saborear lo ácido y salado de su sudor, muchas gotas de esa lluvia gruesa les golpeaban la cabeza y otras les golpeaban las mejillas, a dos cuadras de la iglesia subiendo a carrera por la calle Colón, sintieron que el ardor de las heridas desaparecían, sin saber que la lluvia había lavado no solo el sudor, sino los restos del jugo del limón que utilizaron para fijar sus cabelleras largas con la esperanza de no ser llevados al Santo Oficio de Don Napoleón, la lluvia caía con mas fuerza y la frescura de sus cabezas y la ausencia de esos ardores hizo que ambos se detuvieran en la puerta de la casa grande y recordaran lo que la mamá antigua había declarado en la madrugada de ese domingo infame: "Dios bendice con el sol, pero mas bendice con la lluvia", entraron en la casa, caminaron a la parte antigua de la casa grande, buscaron a la mamá antigua y la abrazaron como nunca lo habían hecho hasta ese momento, vivieron y fueron libres de correr y jugar, hasta que el sol y la lluvia a su paso dejaron una vez mas las melenas muy largas.

martes, 26 de mayo de 2020

Génesis del Perdón

Cuando todo era oscuridad y solo existía el silencio, cuando no había nada y la ausencia era todo, cuando el el tiempo pasa sin que exista pasado, presente ni futuro, cuando el espacio es único, vacío e infinito a la vez, en esa profunda inexistencia sin tiempo se oyó un ruido profundo y lleno, ahora se podría decir que era un sonido a modo de una voz.

Cobró conciencia algo de la nada, un espíritu que al percibir la existencia del tiempo fue tomando conciencia y forma desde lo más minúsculo que hay entre lo que no existe y lo que comienza a existir, el tiempo a partir de ahí se fue acumulando, se cree que ese fue el comienzo del tiempo, del universo y de la materia, el origen de un espíritu que lo ve y lo sabe todo.

El tiempo pasó sin cuenta y sin nombre, la materia se hizo tierra, el universo se hizo cielo y siguió pasando el tiempo sin cuenta y sin nombre, hasta que el espíritu de la tierra cobró conciencia y se supo de arriba y supo de abajo, de ida y  de vuelta, siguió pasando el tiempo hasta que en el cielo se hizo el aire y el aire como despertó su espíritu y éste tomó conciencia y con ella presente en el tiempo, decidió que sería bueno moverse y el aire se movía de un lado al otro, ida y vuelta y viceversa, de arriba hacia abajo y viceversa, la conciencia del espíritu del aire supo que eso era bueno y lo hizo por mucho tiempo. Mientras tanto el tiempo pasaba sin cuenta y sin nombre, la tierra también como espíritu cobró conciencia y percibió que había arriba y abajo y que también había un lado y otro, percibió el paso del tiempo y decidió moverse, así lo hizo por mucho tiempo.

El tiempo seguía pasando sin cuenta y sin nombre, la tierra se movía de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, de un lado al otro y viceversa, y con el paso del tiempo y el movimiento se formaron las montañas con sus altos picos, los valles, las profundas simas y la tierra se siguió moviendo.

El tiempo pasaba sin detenerse y el espíritu del cielo percibía el paso del tiempo y su movimiento era en ausencia, crecía y su espíritu se hacía más amplio y con el tiempo, el cielo también se hizo materia, el aire poblaba la incontable amplitud del cielo y su espíritu cobró conciencia y vio que había un lado y otro, arriba y abajo y se movió y su espíritu vio que era bueno que se moviera, el tiempo seguía su curso sin retorno y el espíritu del viento percibió que no estaba solo y había algo que lo acompañaba en su eterno andar y su espíritu se agotaba, la gran nube estaba ahí desde que el cielo se hizo materia, y el viento la había llevado de un lado al otro, de arriba a abajo y la gran nube cobró conciencia, su espíritu percibió la amplitud y la gran fuerza del aire, vió que era bueno y dejo que sea su eterno compañero y que la lleve por todos lados, mientras el tiempo pasaba sin cuenta y sin nombre. El espíritu del viento descansó y la gran nube se detuvo, pasó un tiempo sin cuenta y sin nombre y el espíritu del viento ya repuesto volvió a llevar a la gran nube a todos lados de ida y vuelta, una y otra vez.

El tiempo siguió pasando y la tierra en su incesante movimiento de arriba hacia abajo y de un lado a otro cubría el abismo y en un momento del tiempo arriba se hacía abajo y abajo se hacía arriba; en quellos movimiento de arriba hacia abajo y viceversa el espíritu de la tierra se topó con el espíritu del cielo y percibió que no era uno solo, sino eran tres y así percibió que no estaba solo en el abismo, el viento acarició los picos altos de la tierra y fue bajando a las laderas, los valles, y las profundas simas, el espíritu del viento supo que esto era bueno se movió por encima de toda la tierra. 

El viento llevaba a cuestas a la gran nube por encima de la tierra y el tiempo pasó hasta que el espíritu del viento estuvo agotado otra vez, se detuvo y fue cuando espiritu de la tierra percibió a los espíritu del viento y la gran nube.

El viento había acariciado los picos altos de la tierra por mucho tiempo, pero ahora recorría su inmensidad, la gran nube no sabía de la tierra y su espíritu pudo percibir al gran espíritu de la tierra, pasó el tiempo y el espíritu del viento reposaba mientras la gran nube acariciaba los pico más altos de la tierra y su espíritu supo que eso era bueno.

En un tiempo cuando el espíritu de la tierra se movía de un lado a otro, de abajo hacia arriba y viceversa, cuando arriba se hacía abajo y abajo se hacía arriba, percibió que en sus entrañas yacía la vida, después con el paso del tiempo sin cuenta y sin nombre, entendió que llegaría el momento en que el espíritu original haría que fuera de ella la hierba y está la semilla, el árbol y los frutos. Cuando su espíritu por fin percibió a la gran nube, entendió que si aquella yacía sobre sus laderas, su valles y mesetas, la vida se daría y sería de ella mismas por siempre la hierba y de está la semilla, el árbol y los frutos.

El tiempo pasó en el descanso del espíritu del viento y el espíritu de la tierra se dirigió al espíritu de la gran nube y le dijo: pósate en mí y se harán de mí la hierba y de está la semilla, el árbol y los frutos.

El espíritu de la gran nube oyó las intenciones del espíritu de la tierra, pasó el tiempo y percibió que eso era bueno y pensó en posarse sobre la tierra y darle vida a esa materia seca y estéril, pensó ésto al tiempo que el espíritu del viento habiendo reposado lo suficiente, se disponía a recorrer la inmensidad del cielo otra vez de un lado a otro y viceversa, de arriba hacia abajo y viceversa, así partió y la gran nube se fue con él.


El espíritu de la gran nube en su andar, subió y bajó, fué y vino, pasó el tiempo sin cuenta y sin nombre, arriba se hizo abajo y viceversa y en aquel ir y venir pudo percibir que de ella era el agua la que yacía en su vientre y percibió algunas cosas más.


El tiempo volvió a pasar sin cuenta y sin nombre, otra vez el espíritu del viento se agotó y junto con el espíritu de la gran nube descansaron muy cerca al pico más alto de la tierra, habiendo pasado el tiempo anónimo, el espíritu de la tierra habló del agua y la lluvia que eran del vientre de la gran nube y le pidió al espíritu de ésta que se posara sobre sus laderas, sus valles y mesetas o que aún mejor, se dejara caer en forma de lluvia, que caiga el agua en gotas miles, gotas que era ella misma; que caiga en forma de lluvia, el tiempo pasó sin cuenta y sin nombre. el espíritu de la gran nube sabía que su agua al caer y discurrir fecundaría la tierra y su espíritu estaría complacido, sabía que eso era bueno, pero sabia algo mas.


El espíritu de la tierra insistió y pidió al espíritu de la gran nube que caiga en forma de lluvia, habiendo pasado un tiempo sin cuenta y sin nombre, el espíritu de la gran nube contestó;  que si se dejaba caer en forma de lluvia, sus aguas llegarán a los picos más altos y discurrirán por sus hendiduras y formarán arroyos y éstos formarán ríos y estos ríos al no encontrar mas cause formarán lagos y mares y en su camino el agua haría que fuera de la tierra la hierba y está las semillas, el árbol y los frutos. El espíritu de la gran nube percibía que eso era bueno, pero ella sabía más y continuó dirigiéndose al espíritu de la tierra; diciéndole: si me dejo caer en forma de lluvia y nacen los arroyos los ríos, los lagos y mares, también, en ese mismo origen del agua; se formarán las lágrimas de los hombres y eso es inevitable.

El espíritu de la gran nube sabía que las lágrimas del hombre no serían buenas y supo que no debería dejarse caer de ninguna y en ninguna forma, percibió que eso no era bueno.

Con el paso del tiempo sin cuenta y sin nombre, el espíritu de la tierra insistía en el origen de la vida al tiempo que el espíritu del viento habiendo descansado iniciaba su nuevo viaje de ir y venir en la inmensidad del espíritu del cielo y la gran nube, inevitablemente iría con él.


El tiempo sin cuenta y sin nombre, volvió a pasar, no existía día ni noche, no había luz ni sombras y el tiempo no tenía nombre sin el día y la noche, no había noche sin el día y las sombras no existían sin la luz.


En un tiempo sin cuenta, sin nombre, sin inicio y sin fin, el espíritu del viento se agotó una vez más y el espíritu de la tierra clamó por la vida, reclamó porque fuera de ella la hierba y de esta las semillas, el árbol y los frutos y los seres vivos, el espíritu de la gran nube sabía que eso era bueno, pero no quería caer en forma de lágrimas, no quería ser gota salada en el mar. El espíritu de la gran nube sabía que eso no era bueno, porque en las entrañas de aquellas gotas saladas había sufrimiento y dolor.

El espíritu de la gran nube se disponía a esperar que el espíritu del viento haya descansado y puedan partir una vez más hacia el inmenso espíritu del cielo.


Habiendo pasado un tiempo sin medida y sin nombre, el espíritu de la tierra pudo decir que cuando la gran nube fuera lluvia y cayera para formar arroyos, ríos, lagos y mares, algún día cuando hayan las estrellas y lumbreras y sus espíritus hagan la luz y las sombras, cuando hagan posible el día, la tarde y la noche, cuando el tiempo se cuente y tenga nombre y cuando produzcan esas aguas los seres vivientes y al hombre, la gran nube también caerá en forma de lágrimas, esas gotas caerán mezcladas con la sal de la vida por el rostro del hombre.


El espíritu de la tierra le pidió al espíritu de la gran nube que no tema y que perciba que eso era bueno, porque si caía en forma de lágrimas por el rostro del hombre, esto sería bueno, esto sería agradable al espíritu del origen, agradable al espíritu del cielo de la tierra y el viento, agradable al espíritu del hombre.

Cuando el hombre se aleje del espíritu y por sufrimiento y dolor te haga caer en forma de lágrimas, dijo; sabrás que así como cuando caes en forma de lluvia, das vida, debes saber que purifica y si caes en forma de lágrimas, estas gotas saladas purificarán al hombre y serán  el preludio de la génesis del perdón y sabremos que eso es bueno.


Entonces el espíritu de la gran nube, antes que el viento la lleve de perpetua compañera, abrió sus entrañas y dejó caer el agua en forma de lluvia, las gotas mojaron por primera la tierra seca y estéril, desde sus picos más altos, mojó y discurrió, se hizo el barro, un arroyo, un río, un lago y un mar, la cópula del agua y la tierra produjo seres vivos, los espíritus del cielo, el viento, la gran nube y la tierra percibieron que esto era bueno, pero cuando todo estuvo listo para que se hiciera la luz y las sombras, para que se hiciera el dia y la noche, para que el tiempo se cuente en días, semanas, meses, años y tenga nombre, la lluvia cesó y el hombre lloró.


jueves, 30 de abril de 2020

El Acomodador de Flores: Cuarta parte.

Es de noche y la lluvia se asomaba con gotas gruesas que golpeaban las tejas y salpicaban en el suelo seco que dejó agrietándose aquella tarde soleada, las nubes gruesas cubrían poco a poco el reflejo pálido de una luna menguante que rebotaba en las paredes negras de la precaria cocina, la oscuridad cubría todos los rincones a medida que el horizonte se saturaba con una lluvia ya persistente.
Las brasas languideciendo alumbraban y proyectaban débilmente algunas siluetas en la pared de la cocina, las sombras proyectabas seguían el movimiento palpitante de las brasas consumiendo el resto de leños y el escaso carbón que quedaba en el fogón.
El frío rumor del aguacero se escurría por las grietas de la puerta de madera, Antuco ya podía sentir el aire frío y la humedad que saturaban el ambiente y desplazaba el tibio aire que se retiraba lentamente, sus pies descalzos sentían la brisa húmeda y podía sentir en su piel el calo frío y los espasmos que producía el plan entrañaba en sus pensamientos, sintió que en ese momento anidaron en su mente el odio y la venganza, se volvieron recurrentes instantes con ensueños trágicos, heroicos, sangrientos y humanos, se rescataba de sus epopeyas y pensaba en las mañanas frescas y tardes tibias junto a su madre, pensaba en ambos a merced de los rayos del sol y las corrientes de los riachuelos cristalinos, pensaba en el cielo azul y el olor que proyectan los matorrales de retama, hasta que todo se nublaba y se ponía gris en sus pensamientos y recordaba los golpes y la sangre, las lágrimas y el profundo surco que hacia cada correazo en su espalda. Seguía en sus ensueños mientras recorría caminando a tientas el ambiente oscuro de la cocina, de pronto un pensamiento interrumpió sus ensueños, hizo que se detuviera frente a una mesa de madera, reviso con dificultad lo que había en la mesa y una visión dilató su pupila, congeló de un solo golpe su espinazo en el instante mismo que escuchó un ruido fuera de la cocina, pensó rápidamente, analizó y concluyó en la posibilidad de una vida mejor sin Pedro en su mundo de sus ensueños.
El ruido y el frío obligaron a Antuco a regresar a su barraca con el mismo cuidado con el que se dirigió  a la cocina, pasó lentamente por la habitación que compartían Pedro y su madre, revisando a tientas si la puerta estaba abierta, caminó entre los charcos que la lluvia ya había desbordado, abrió lentamente la puerta de madera y entro a la barraca fría, camino hasta el terraplén, extendió los pellejos de carnero, sacudió la tierra mojada de sus pequeños pies con cuidado de no golpear muy fuerte su tobillo hinchado y rígido, se cubrió con las mantas y los puyos, acomodó torpemente un bulto que llevaba envuelto, lo presionó fuertemente contra su pecho y se durmió.

El sol resplandecía dominando un cielo azul infinito, el viento alto mecía la copa de los altos eucaliptos y hacia tronar sus troncos desde sus bases, la briza baja hacia danzar los pastizales y las pestañas de Antuco, acariciaba con constancia y amabilidad sus mejillas rojas y refrescaba su rostro completo a merced de los rayos del sol. Antuco yacía estirado en un claro de la pampa muy cerca del riachuelo cristalino que discurría lentamente por el valle, respiraba profundamente el aroma de las retamas mientras se estiraba a cana inhalación del fresco perfume, después, relajaba todos sus músculos a medida que exhalaba lentamente abandonando todo su peso a la alfombra de pasto verde sobre la que descansaba. Abría los ojos y el sol de medio día empañaba su visión, con esfuerzo podía ver la cumbre de los cerros a su alrededor, buscaba alguna nube en el cielo y no la encontraba, su mirada se perdía en el azul profundo del cielo y no hallaba ningún rastro de alguna pequeña nube pasajera, pensaba que todas las nubes habían caído y no quedaba una sola en el cielo, seguía echado y se hallaba en un páramo helado de la puna, reconocía ese sitio, estaba entre el ichu y las rocas, el cielo era gris y la nieve danzaba mientras el viento helado de las cordilleras recorría y hacía pequeños remolinos, miraba como los arbustos se estremecían a fuerza de las ráfagas de ida y vuelta, sentía un frío profundo y extrañaba el sol azul, cerró los ojos y no podía levantarse, sintió que estaba acurrucado en el mismo sitio donde nacen los ríos, donde las nieves de las punas se derriten y forman los ríos que discurren hacia los grandes valles, pensó que su fiebre calentaba el hielo debajo de su cuerpo y sentía que un hilo de agua discurría por su columna, pasaba por su ingle, llegaba a sus piernas y se concentraba en los pequeños dedos de sus pies, con dificultad podía percibir que sensaciones dominaban ese ambiente, no sabía si sentía el calor del valle soleado o el frío de los páramos de la puna, en ese instante sintió que unas manos suaves deslizaron sin presión sus párpados aprisionados, estaba nuevamente en el valle soleado y apoyaba su cabeza en las faldas de su madre, ella acariciaba su cabello con sus manos tibias, sabía que ella decía algo pero no podía escucharla, sabía de lo que hablaba pero no podía escucharla, ella apresuró el movimiento de sus labios, abría los ojos mientras comenzaba a gritar tratando de advertirle algo, los ojos se le desorbitaban y la desesperación saturaba todas sus expresiones y el no podía escucharle, ella gritaba sin emitir sonido alguno, Antuco no podía hablar, no podía gritar y las fuerzas lo abandonaban, le faltaba el aire y sintió que una luz poderosa y fugaz lo empañó completamente.     
Un instante transcurrió, sintió el espasmo de sus músculos tensándose y obligándose a estirar sus extremidades mientras volvía a sentir la humedad usual de cada mañana. Tomó conciencia que era muy temprano en la mañana, supo entonces que Pedro no tardaba, se acomodó para lo esperado ya sin miedo.
Pedro entro a la carrera, empujo la puerta de la barraca, con la correa en mano caminó hasta donde Antuco lo esperaba despierto con la mirada fija e imperturbable, Pedro descargó el primer correazo sin pronunciar palabra y sin revisar siquiera las mantas, los pellejos y los puyos, Antuco apretó los dientes, parpadeó y estrecho los hombros al momento que con esfuerzo pudo voltear y dar la espalda a Pedro, luego movió las manos y con una de ellas descubrió sus muslos para darse espacio y poder moverse sin trabarse con las mantas, Pedro estiró la correa y la enroscó desde la hebilla en su mano derecha, se dio cuenta que Antuco se agazapaba lentamente y acomodándose se ponía de rodillas sobre los pellejos de carnero al tiempo que hacia movimientos torpes con las manos, se veía como si hurgara en sus propias entrañas. Pedro respiro profundo y se abalanzó rápidamente hacia el terraplén para sujetar a Antuco y aventarlo de un solo tirón contra la pared al otro lado de la barraca, para así  tenerlo a merced en el suelo y concentrar mejor los siguientes golpes; en el momento que Pedro toma el brazo de Antuco jalándolo con violencia, a la vez que por la inercia su cuerpo se acerca rápidamente al cuerpo de Antruco, en ese mismo instante siente una punzada y una presión seca en el abdomen, inmediatamente el ardor se deja sentir dentro de su cuerpo, sin pensar ni intuir lo que había sucedido Pedro da medio paso atrás y antes que pueda bajar la mirada, siente como un rayo helado recorre todo su cuerpo, suelta el brazo de Antuco, baja la mirada y sus ojos saturándose de lágrimas pueden ver el mango del cuchillo sujetado por una pequeña mano que se iba manchando de sangre, solo ahí pudo sentir la hoja completa dentro de su vientre, la luz del sol que entraba por la puerta de la barraca dejaba ver claramente la mano de Antuco sujetando el mango, el cuchillo estaba clavado a la altura del ombligo, mientras el flujo caliente de la sangre que brotaba de la herida emanaba un vapor que se hacía visible en el ambiente frío de aquella mañana Antuco soltó el mango, la primera sensación de Pedro es de adormecimiento, sentía tibio el abdomen, pero muy rápidamente el dolor lo paralizó, tomó el mango del cuchillo y lo sacó bruscamente ensanchando la herida mortal, movía la cabeza haciendo esfuerzos para poder ver a su alrededor y encontrar a alguien en ese momento, solo hallaba siluetas a trasluz, el brillo del sol enmarcado por la silueta de la puerta y las paredes trémulas de la barraca fría, dirigió la mirada al frente y lo ultimo que pudo ver fue la silueta opaca de Antuco arrodillado sobre las mantas y puyos húmedos. Pedro cayó encima de los pellejos aplastando a Antuco contra la pared adosada al terraplén, Antuco se quedó inmóvil por unos instantes sin decir ni pensar nada, suspiró y con las dos manos apartó a Pedro empujándolo de los hombros, descargado todo su peso sobre los pellejos y con esfuerzo pudo bajar del terraplén. Pedro se movía sobre los pellejos empapados de sangre, solo se movía sin decir palabra alguna, porque el dolor había bloqueado todos sus sentidos, su peso y los movimientos hicieron que su cuerpo caiga del terraplén y se golpee bruscamente contra el suelo húmedo de la barraca, la sangre brotaba y con un ultimo esfuerzo Pedro pudo cubrirse la herida con la mano en la que aun se hallaba enroscada la correa.
Antuco salió de su barraca, la mañana era fresca, la brisa acariciaba los pastos y el sol ya evaporaba las ultimas gotas de rocío, camino lentamente hacia la cocina, pasó por la habitación donde su madre aún dormía, el alma perturbada y la cojera persistente hacia lento su andar, caminó hacia el fogón de la tullpa y se sentó a ver como se consumía el ultimo trozo de carbón incandescente que Pedro no había podido utilizar para poder el fuego ese día.

Una tarde cuando Genaro García entro al cementerio de Huancayo con tres ramos de gladiolos un ramo de alelíes y varios de pequeñas flores blancas en los brazos, pudo ver a los lados y en el fondo de la gran avenida central que discurre entre los grande pabellones de nichos de aquel cementerio, algunos hombres sujetando altas escaleras pintadas de azul, con un largo travesaño en las partes mas altas de los palos, de entre todos, una escalera llamó la atención de Genaro, era la escalera de un hombre pequeño de tes cobriza, de porte delgado y apariencia ligera, la inscripción en el travesaño en lo alto, decía "el acomodador de flores". Genaro avanzó hasta donde estaba este hombre, le preguntó si podía ayudarle a subir las flores que llevaba al nicho donde estaban los restos de su hermano, -es en el pabellón "San Pablo"- dijo Genaro, -no solo dejaremos las flores, soy el mejor acomodador de flores- dijo el pequeño hombre, esbozando una sincera sonrisa en los labios.
Levantó su alta escalera poniendo uno de los maderos horizontales sobre sus hombros sujetando los grandes palos verticales con sus manos toscas y resecas a manera de ganchos haciendo contrapeso a la inclinación correcta de la escalera en el aire, comenzó a caminar llevando el peso de la escalera sobre su pequeño cuerpo, en ese momento Genaro pudo notar que el pequeño hombre tenía una cojera inusual en uno de sus pies, la escalera se balanceaba de un lado a otro en un equilibrio milagroso.
Ya en el Pabellón "San Pablo" el pequeño hombre acomoda su escalera a la indicación de Genaro en la fila "H" y la columna 16.
De pronto se oyó -Me llamo Antonio- con amabilidad habló el pequeño hombre.
-De niño me decían Antuco- continuó al tiempo en que volvió a dibujarse una sonrisa en sus labios.
Tomó los ramos de flores y corto las cintas de plástico que envuelven los tallos, las dejó en la vereda de concreto y observó detenidamente la cantidad de flores en los ramos expandidos, levantó la cabeza, el sol alumbraba directamente su cara y tostaba su piel a cada golpe luz, en ese momento se podía notar el rigor de los elementos en los profusos surcos que recorrían sus su rostro, tenia los ojos negros y pequeños, sus labios eran delgados y sus pómulos lucían prominentes, su mirada era curiosa y reposada, su frente era ancha y brillaba como fino bronce al sol.
-Soy el mejor acomodador del flores de este cementerio- añadió mientras trepaba lentamente por las escaleras, haciendo notoria esa persistente cojera que lo acompañó siempre, subió con cuidado hasta la fila mas alta del pabellón para bajar la jardinera donde irían las flores que adornarían el nicho.
-Esto lo aprendí de Pedro, mi padrastro, él era de Tarma- anotó brevemente, -alguna vez me contó que de niño sembraba flores en los campos de sus abuelos- mientras rompía los tallos de las flores culminó diciendo: -y lo único que me enseñó en la vida, fue la mejor manera de acomodar las flores, teniendo en cuenta sus formas y sus colores-.

El nicho H-16 del Pabellón "San Pablo" lucía una hermosa jardinera con gladiolos blancos, alelíes amarillos y una lluvia de pequeñas flores blancas distribuidos de tal forma que los colores y su proporción alegraban la vista aquella tarde en el laberinto de nichos olvidaos, donde se pasean almas perdidas del otro mundo y almas penitentes de este mundo.
       
    
        



martes, 28 de abril de 2020

El Acomodador de Flores: Tercera parte.

Esta tarde terminaba, el frío de la helada comenzaba a consolidar su reino, el viento frío de una noche que asoma recorría la pampa, Antuco recordó que inevitablemente tenía que volver a dormir, los puyos, las mantas y los pellejos estaban secos y acomodados en el terraplén que Antuco usaba como cama, la noche asomaba en las altas montañas que rodean el valle, el cielo azul suspiraba su despedida y tornaba sus colores en tenues tonos crepusculares.
Los sueños de tardes tranquilas a lado de los riachuelos cristalinos visitaban la fría barraca de Antuco, soñaba con el cielo azul y nubes esponjosas que tomaban formas de ovejas y gallos, que pasaban lentos y amigables, mientras las nubes y los riachuelos recorrían sus causes lentamente, los puyos se mojaban con los tibios flujos que Antuco no podía contener. La noche seguía su curso y en el albor de un nuevo día Antuco ya podía sentir el frío que causaba otro húmedo despertar. Una vez mas las puertas se abrían y el sol entraba como inclemente testigo del ruedo, de esa danza macabra del cuero y la piel de Antuco. Nunca sirvieron los asientos sobre ladrillos calientes, tampoco los baños de asiento, ni dejarlo con sed durante toda la noche, siempre había una manta o un puyo mojados, siempre había una cicatriz en la espalda y en el alma, además de una perpetua cojera, como marca de vida.
Pedro volvía cansado de la faena en la chacra y apenas tenia fuerzas para comer algo al lado del fogón de la tullpa, limpiarse medio cuerpo con el agua tibia que le dejaba en una tina la mama de Antuco, salir de la cocina y hacharse a dormir en la habitación que compartían, soñaba con los alelíes, los gladiolos y rosas frescas, con Acobamba, Tarma, el camionero y sus abuelos. Despertaba muy temprano, prendía la leña en la tullpa con la brasa que quedaba de la noche anterior y tría agua para hervir, en ese instante pensaba en su padre, los claveles y en su juegos de la niñez, un calor le recorría el espinazo y corría decidido a buscar las mantas empapadas en la habitación de Antuco, así se acostumbro durante mucho tiempo.
Esa noche, cuando Pedro y la madre de Antuco dormían envueltos en sus frazadas adormecidos por el cansancio de la faena y calmados por el abrigo del pequeño cuarto, dormían  profundamente y soñaban juntos sueños distintos. Antuco salió de su barraca por la puerta entreabierta, se deslizo por el terraplén irregular que formaba una especie de vereda que recorría todo el frente de la casa, cuidándose de no resbalarse en los charcos que forman las gotas de lluvia que caen de las tejas cóncavas del techo, recorriendo el camino a la cocina Antuco pasa silenciosamente por la puerta de la habitación de Pedro y su madre y habiendo llegado hasta la puerta de la cocina suspira lentamente el efímero éxito o quizás para desfogar la tensión y el miedo de despertarlos. Al entrar a la cocina observa que aún hay brazas en el fogón, el ambiente estaba tibio y el olor de leña quemada satura el ambiente, la tibieza y la oscuridad del entorno acogían en esa noche fría de luna clara.
Antuco se sentó cerca del fogón de la tullpa, se acercó mas y estiro las manos exponiendo las palmas al fuego para que se puedan calentar, miró las brazas brillantes, las pequeñas lenguas de fuego que nacían en los restos de los leños secos sin quemar y las cenizas que van cayendo del carbón consumido, adornaban la noche proyectando la sombra tenue palpitante proyectada en la pared de adobe al frente del fogón. Los pensamientos de Antuco se dispersan en ese momento y siente que el tiempo también se dispersa con ellos,  piensa en mañanas claras y frescas junto a su madre, piensa en las tardes de brisas suaves remojando los pies en los riachuelos cristalino y en como las algas largas acariciaban sus pies descalzos, pensaba en las lluvias vespertinas, en los rayos del sol y como acariciaban amablemente sus costras resecas  y que secaban sus ropas, sus mantas pellejos y puyos. Cuando su alma regresó de un tirón al instante presente, sintió que le dolían la espalda, las pequeñas piernas y su lastimado tobillo. Pensó en la silueta de Pedro por las mañanas, en el llanto de su madre y en las faenas del campo a las que comenzaba a acostumbrarse.


jueves, 11 de abril de 2019

Micro cuento: Dos mundos

Dos de mayo, en la estación Callao, sujetando la muñeca de regalo; rumbo a barajas a esperar el vuelo.
-Mi niña, como nuestra Señora la Real, solloza.Mil días entre Fuenlabrada y El Sol a servir arábicas en
el Tiroles, entre lienzos y óleos.Viene de la flor de la Taya y el Madroño, con sangre Chanca de los Nahiuncopa
y de Martínez persignados en la puerta de Alcalá rumbo a Sevilla.
El sol nacía en Iberia, el mismo sol en América, se pone.
En aquel ocaso austral, ella llegará, el mensaje confirma la salida, el juez lo ordenó.

miércoles, 10 de abril de 2019

El Acomodador de Flores: Segunda parte.

Pedro no había terminado la escuela primaria y ya cargaba fardos de gladiolos desde la chacra de sus abuelos hasta la carretera que sale de Acobamba, aprendió con ellos todo lo que se tiene que saber de flores, sabía de los colores de los alelíes, las rosas y sus espinas saca uñas, sabía de sus colores aurorales, margaritas y las complicidades de sus pétalos que daban destino al amor de los grandes, conocía muy bien los gladiolos efímeros, algunos teñidos, altivos y tristes, sabia de sus penas y sus rumbos; le agradaban las lilas pero mas le gustaban las dalias y las hortensias, los colores humanos y tenues, sus formas cercanas y sus olores sacros agradaban sus sentidos, los lirios y narcisos le fascinaban siendo raros y muy difíciles de cuidar, respetaba las flores amarillas de la linaza, los dientes de león, la florecillas alegres de las habas y las amables flores moradas de la papa. Los claveles eran enigmáticos, el rojo de sus pétalos era perturbador, le parecían misteriosos, míticos, ancestrales; hundía su mirada en la profundidad del rojo intenso, en las estribaciones como alas nacientes de flamígeros pájaros, pétalos de incontables aristas de rojos perpetuos y no encontraba la razón de esa intensidad y la perpetuidad, no encontraba la razón de aquel rojo infinito, un rojo sideral como el rojo vital de la sangre gruesa y espesa. Esos claveles rojos lo transportaban a la época en que la sangre brotó de su piel abierta después que su padre introdujo una vara de eucalipto en su pierna a manera de castigo cuando aún era niño. Cuando por esa época escapaba en medio de un juego de escondidas, tumbó treinta gladiolos a la carrera para esconderse a la cuenta de diez.
El rojo del clavel lo atemorizaba y lo capturaba, habiendo aprendido desde muy niño a cultiva flores; en su vida no pudo hacer brotar un solo clavel, sembró y cultivó todas las flores que la naturaleza había creado, pero nunca por sus manos hizo brotar un solo clavel.

Una tarde lluviosa Pedro huyó de la casa de sus abuelos, después de recibir de su padre una fuerte tunda a causa de un pomo de mermelada que rompió con sus hermanos; corrió lejos, mas lejos de lo que había llegado jamás, tomó la ruta que sigue el cause del río sin saber a donde lo llevaba, con pena contaba que; horas después de su huida y antes de oscurecer, cuando intentaba subir de gorreo a la tolva de una camioneta que pasaba por la carretera, al momento de soltarse y abandonar el intento de un salto, se tropezó con un hombre a un lado de la carretera, éste hombre era mediano de estatura, tosco, de mirada calmada, era un chofer huancaíno que regresaba por dentro de la carretera a la caseta del camión Dodge que había estacionado a un lado de la esa carretera para revisar su carga. Pedro se pudo sujetar de la casaca de aquel chofer antes de rodar hacia la cuneta que se hundía mas allá de la carretera, era un camión casi nuevo con la tolva de madera pintada con diseños multicolores en el que llevaba mandarinas, naranjas y piñas desde Chanchamayo al valle del Mantaro.
Contó que este chofer lo atajó, le preguntó por sus padres y su casa, pero habló sin obtener respuesta, el chofer vio su pómulo y labios hinchados, vio la sangre que aún brotaba de su nariz, también pudo ver que sus manos temblaban de frío y miedo, el chofer secó la ropa de Pedro empapada por la lluvia, lo subió a la caseta y se lo llevo con él sin preguntar mas.
Pedro trabajó a partir de ahí y durante toda su vida en los campos de cultivo del gran valle, primero en los campos de la familia del chofer con quienes vivió por algunos años, a medida que crecía buscaba trabajos de jornalero en algunos campos donde se sembraban papas, habas y maíz, también en algunos donde por temporadas se sembraban alcachofas o zanahorias, algunos años trabajó cerca a Acobamba en los campos de flores cercanos a los campos de sus abuelos, las que estaban en poder de sus tíos.
En los pocos momentos que se le podía escuchar Pedro contaba que cuando era casadero regresó a la casa sus abuelos, aquella de la que huyó cuando niño, llegó unos meses después de la muerte de su padre y nunca mas volvió.
Esa casa, el portón, el zaguán, los altos y las paredes de adobe lo sumergía en sus recuerdos, lo turbaban como lo hacían los pétalos de los claveles, esos recuerdos aún le hacían doler el cuerpo y el alma.
Solía ir a la tumba de sus abuelos y acomodar algunos gladiolos o margaritas según lo que encontrara en el camino, lo hizo en las temporadas de trabajo en los campos cercanos a los de sus abuelos.
Pedro recordaba que sus abuelos le enseñaron a sembrar flores a cultivarlas y cuidarlas, ellos fueron enterrados y algunas piedras lajas pintadas decoraban el montículo que se formaba en el suelo del cementerio en el sitio mismo del entierro. Pedro acomodaba las flores que conseguía en el camino, pero nunca dejo sembrada ninguna, nunca pudo sembrar mas flores.
Desde que huyó de la casa de sus abuelos, Pedro no volvió a ver a sus hermanos, nunca conoció a su madre y los únicos gratos recuerdos de esa casa eran las tardes del juego, el juego de las escondidas, los juegos de pelota y el sabor dulce en su boca después de disfrutar con sus hermanos de aquel pomo de mermelada.

La puerta de la habitación de Antuco se abrió y los rayos del sol saturaron el habitáculo de alma terrenal donde Antuco compartía sus sueños con el aire y la lluvia; el haz de luz que dibujaba las dimensiones de la puerta alumbraba directamente un bulto casi inerte en la base de la pared, una bola de trapos y carne hinchándose, aun permanecía agazapado junto a esa pared en el extremo mas lejano de la puerta, el golpe de luz lo cegó y le calentó la espalda, los rayos del sol; que rebotaban contra la pared blanca, pero dando en su espalda penetraban su chompa ploma de uso escolar, calentando sus llagas oblicuas recién formadas. La luz se interrumpió y la sombra de Pedro debajo del marco de la puerta también interrumpió la cocción de las hinchazones que Antuco exponía en la espalda y las piernas, la voz de Pedro era como los truenos a lo lejos, su mirada como los relámpagos truncos, sus palabras como los bramidos de almas atormentadas y perdidas en el purgatorio. Le ordenó llevar los pellejos y los puyos a la pampa cerca del gallinero a enjuagarlos y colgarlos en los cables metálicos que usaban de tendedero, ponerlos bajo el sol para que, a la vez que se iban secando; el calor iría castigando los ardores de sus yagas ahí en las pampas, en un proceso que por acción de sol y el calor se evaporaran los orines que Antuco no había podido contener la noche anterior.

El Pulso de sus latidos le presionada las venas del tobillo y la cojera ocasionada por los golpes dificultaba su tarea de enjuagar y tender los pellejos, las mantas y los puyos, el sol golpeaba con fuerza la nuca y la espalda de Antuco, la briza de la mañana era tenue, desgastada, rodaba en tumbos lentos sobre el pasto desigual de la pampa, ese viento no sacudía los eucaliptos, como en las tardes secas con insistente fuerza hasta el punto de hacer tronar sus maderos, solo acariciaba los juncos y matorrales de retama.
La orina enjuagada se evaporaba al sol y aunque Antuco asistió a la escuela, no fue un día agradable par él, la cojera persistía al punto de retrasarlo en todas sus actividades, por la tarde, Antuco se alistaba para salir a la escuela, pero la cojera haría imposible un retorno rápido, ya en la estancia a algunos metros de la casa Antuco tomó sitio en un claro entre los tendederos y los linderos de las chacras, sus carnes hinchadas, sus ardores y las ordenes de Pedro hicieron que Antuco permaneciera sentado en ese claro, a la luz del sol de la tarde viendo como se secaban los pellejos y los puyos que colgó por la mañana. Mientras masticaba el tallo dulce de una espiga de pasto, recordaba las tardes tibias cuando se tostaba al sol siempre al lado de los riachuelos, acostado encima de las faldas de su madre, aquellas tardes cuan Pedro aún no llegaba a sus vidas.
Cuando Pedro pudo ver que el niño daba pasos mas firmes lo llevo al campo contiguo a deshierbar y juntar algo de yuyo para el almuerzo del día siguiente.
Antuco llego esa tarde con un bulto de yuyo amarrado a la espalda en su chompa escolar, miró a su madre junto al fogón, meditando, quién sabe en qué; la vió como siempre, resignada, inerte, sin alma, oscurecida por la sobra de Pedro, con los ojos siempre a contraluz. Lejos estaban las tardes soleadas al lado de los riachuelos cristalinos, los paseos por los bosques de eucalipto para juntar leña, las mañanas alegres llenas de luz.
Dejó el yuyo en una mesa de madera en el centro de aquella precaria cocina, paso junto al fogón de la tullpa, sintió el calor de las brazas y el humo que producía la leña húmeda hacia mas espectral la figura de su madre, salió por la puerta de la cocina y se detuvo al frente de la casa, llego al improvisado lavadero, se enjuagó las manos y la cara en el único caño de la casa que estaba al aire libre, la cojera persistía y la hinchazón del tobillo aun le latía. Pedro llego para la comida, el arroz quemado, las papas sancochadas y un huevo frito, fue la única comida de Antuco ese día.
Cunda la tarde suspiraba su fin, Antuco tenía una alegría y una visión de la vida nuevas, corrió por la pampa hacia el corral dando saltitos para no acentuar el dolor de su tobillo, llego a la puerta del corral y sacó granos de cebada para dar de comer a los animales; recogió los pellejos y los puyos del tendedero, los acomodó torpemente hacia el fondo del terraplén y dobló los puyos con cuidado al costado de la pared. 
Las tardes al sol eran calmadas en los paseos que daba Antuco, a pesar de la ausencia de su madre, Antuco siempre corría al campo cerca de los riachuelos cristalinos, llegaba a sus orillas a sentarse y ver como corre el agua fría y cristalina en meandros calmados, esa tarde pudo mojar sus pies y calmar por instantes el dolor de su tobillo adormecido por el frío de aquella corriente cristalina.
La vida, las madrugadas húmedas y las incontinencias siguieron su curso, el tobillo de Antuco nunca fue el mismo, como el curso de los riachuelos cristalinos que se forman con las filtraciones del rio Mantaro, la heridas y frustraciones de Pedro como tormentas fugaces, se destilaban en las golpizas madrugadoras que Antuco recibía a cada filtración involuntaria.
Un día de lluvia el curso de de la vida de Antuco llegó a un recodo, una suerte inesperada o una tragedia, la vida cambió de curso con violencia. Como las aguas cristalinas que van fluyendo en rumbo incierto y encuentran pedregales, caídas, lagunas y recodos; como los ríos que van de la puna a los valles y encuentran algún día el mar.
    

        

miércoles, 13 de marzo de 2019

El Acomodador de Flores: Primera Parte.

    Era una mañana fría y húmeda, una mañana de esas en las que se respira el espíritu desvanecido de una lluvia nocturna, cuando las estrellas desfallecen titilantes en un cielo vínico, cuando aún no salía el sol y los charcos todavía eran golpeados por las ultimas gotas de lluvia, que discurrían y se descolgaban de las tejas cóncavas, esponjosas y pobladas de musgo verde. En esa mañana despejada a golpe de llover con insistencia, se sentían vivamente como en sus mejillas empapadas de lágrimas primaverales el frío implacable hacía su deber. En esa mañana se oyó cómo los cueros de una correa zumbaban en el aire y terminaban su recorrido comprimiendo con violencia la piel tierna y cobriza de Antuco.

    En ese momento donde los jilgueros y gorriones cantan a la mañana venidera, los cantos graves de los Chihuacos posados en los árboles cercanos y el pasar de las gaviotas costeras recorriendo de ida y vuelta los ríos del valle repartiendo su canto agudo y vivaz, se mezclaron con los gritos ovíparos y desgarradores de Antuco que a cada correazo se estiraba y gritaba para después gemir de dolor y suspirar como suspira los ríos cuando su cause llano arriba a una pendiente rocosa, aparentemente calmado antes del torrente; como en esa mañana. A cada pausa, Antuco suspiraba y enjugaba sus lagrimas en el instante de disponerse a esquivar el siguiente golpe; suspiraba, pensaba en su suerte; volteaba y con las mejillas empapadas de lagrimas, miraba a su padrastro como rogando con la mirada sin mover un solo nervio en el rostro de su verdugo.
Suplicante, aterrorizado, con el alma extraviada y los pensamientos desviados en mil pensamientos simultáneos se arrodillaba cubriéndose el rostro y balbuceando prometerle una y otra vez: -¡nunca más, manan papay, nunca más!-.

    La mañana era clara, el sol ya deslumbraba con sus primeros rayos al sobreponerse a los altos cerros, la brisa de la mañana calentada por el sol rodaba por la cordillera y rompían el rocío en las hojas de las plantas, gotas que dejó la madrugada húmeda. Los eucaliptos frondosos y las retamas olorosas alegraban con sus colores a cada golpe luz en aquella mañana amarilla.
  
    Cuando sea brisa templada de la mañana se entrometía por las rajaduras de la puerta de madera de aquella barraca, después de la golpiza, Antuco envolvía sus mantas de lana, con movimientos lentos se acomodaba en su espacio, con jalones torpes amontonaba los pellejos mojados lejos de su cuerpo, comprimía su cabeza contra la pared de abobe, para que en una decisión súbita, empujada por el temor;  le levantara del terraplén que le servia de cama y pusiera sus toscos pies contra el suelo de tierra apisonada en aquella pequeña habitación. La tierra era tan húmeda y fría como la tierra del corral de gallinas contiguo, a cada paso se escurría el agua lodosa del piso por entre los dedos de sus pies, se mezclaba con su propia humedad y aquella mezcla se hacía tan humana, tan ácida y tan vital.
    El terraplén era alto, hecho de adobe, era el lugar donde dormía Antuco, para esa hora de la mañana ya estaba descubierto, después de sacar los pellejos de carnero que usaba como colchón y las mantas de lana con las con que se abrigaba, Antuco se sentó a la orilla del terraplén, hizo esfuerzos para poder comprimir los suspiros involuntarios y los espasmos que le produjeron la golpiza, enjugaba las ultimas lágrimas que aún brotaban de sus ojos negros, sentía que le ardían la espalda y las piernas, suspiró profundamente una vez mas, pero ahora el suspiro era diferente, este suspiro no sosegaba, este suspiro no brindaba paz a su alma.
    Un correazo certero en la espalda saco a Antuco de su profundo pensamiento, un grito rompió el silencio de la precaria habitación de adobe donde Antuco compartía sus sueños con el aire y la lluvia; de un salto  intentó alejarse de su verdugo huyendo al otro lado de la habitación, el hombre era rápido en su percusión y muy entrenado en aquel oficio, era fuerte y ágil en el trabajo vil, arrinconó al niño contra la pared de adobe pintada con yeso, batió dos veces en el aire la correa de cuero y descargo toda su furia en los pies y las piernas de Antuco. el niño levantaba sus extremidades inferiores para que su rostro y tronco no recibieran la descarga de los golpes, una y otra vez la correa estremecía y abría surcos abruptos en la piel tierna y andina de Antuco.

    El zumbido de la correa cesó, el viento era tibio, Antuco se empujaba contra la pared con el pie que no le dolía, se cogía con fuerza el tobillo lastimado, apretaba el barro del piso con la mano en un esfuerzo por tolerar el dolor, ya no sentía mas golpes, estaba solo y sus pensamientos difusos sin sentido del tiempo vagaban por aquellas tardes cuando el y su madre mojaban los pies en los torrentes cristalinos que nacían de las filtraciones del río Mantaro, días que transcurrían a la luz del sol, con el viento del valle acariciando sus cabellos negros.

    El padrastro era un hombre bajo de estatura, de piel cobriza, tenía la nariz curva a causa del tabique roto, sus manos gruesas, ásperas y callosas no correspondían a su pequeño cuerpo, eran grandes por el intenso trabajo en el campo, era agrio de carácter, de poco hablar, taimado, su mirada era fría y aguda,  sus ojos brillaban en la noche, nunca sonreía y solo cuando hacía mucho esfuerzo mostraba sus dientes verdosos a fuerza de masticar hojas de coca. Vestía el mismo pantalón de tela oscura, la misma camisa sucia, ojotas de caucho adosadas a sus pequeños pies al punto de confundirse con su piel cubierta por una masa de barro a medio secar. 
   



  

De Sócrates a Napoleón

     Dios bendice con el sol, pero mas bendice con la lluvia, solía decir la mamá antigua en quechua, lo decía mirando el fogón de la tullpa...