martes, 28 de abril de 2020

El Acomodador de Flores: Tercera parte.

Esta tarde terminaba, el frío de la helada comenzaba a consolidar su reino, el viento frío de una noche que asoma recorría la pampa, Antuco recordó que inevitablemente tenía que volver a dormir, los puyos, las mantas y los pellejos estaban secos y acomodados en el terraplén que Antuco usaba como cama, la noche asomaba en las altas montañas que rodean el valle, el cielo azul suspiraba su despedida y tornaba sus colores en tenues tonos crepusculares.
Los sueños de tardes tranquilas a lado de los riachuelos cristalinos visitaban la fría barraca de Antuco, soñaba con el cielo azul y nubes esponjosas que tomaban formas de ovejas y gallos, que pasaban lentos y amigables, mientras las nubes y los riachuelos recorrían sus causes lentamente, los puyos se mojaban con los tibios flujos que Antuco no podía contener. La noche seguía su curso y en el albor de un nuevo día Antuco ya podía sentir el frío que causaba otro húmedo despertar. Una vez mas las puertas se abrían y el sol entraba como inclemente testigo del ruedo, de esa danza macabra del cuero y la piel de Antuco. Nunca sirvieron los asientos sobre ladrillos calientes, tampoco los baños de asiento, ni dejarlo con sed durante toda la noche, siempre había una manta o un puyo mojados, siempre había una cicatriz en la espalda y en el alma, además de una perpetua cojera, como marca de vida.
Pedro volvía cansado de la faena en la chacra y apenas tenia fuerzas para comer algo al lado del fogón de la tullpa, limpiarse medio cuerpo con el agua tibia que le dejaba en una tina la mama de Antuco, salir de la cocina y hacharse a dormir en la habitación que compartían, soñaba con los alelíes, los gladiolos y rosas frescas, con Acobamba, Tarma, el camionero y sus abuelos. Despertaba muy temprano, prendía la leña en la tullpa con la brasa que quedaba de la noche anterior y tría agua para hervir, en ese instante pensaba en su padre, los claveles y en su juegos de la niñez, un calor le recorría el espinazo y corría decidido a buscar las mantas empapadas en la habitación de Antuco, así se acostumbro durante mucho tiempo.
Esa noche, cuando Pedro y la madre de Antuco dormían envueltos en sus frazadas adormecidos por el cansancio de la faena y calmados por el abrigo del pequeño cuarto, dormían  profundamente y soñaban juntos sueños distintos. Antuco salió de su barraca por la puerta entreabierta, se deslizo por el terraplén irregular que formaba una especie de vereda que recorría todo el frente de la casa, cuidándose de no resbalarse en los charcos que forman las gotas de lluvia que caen de las tejas cóncavas del techo, recorriendo el camino a la cocina Antuco pasa silenciosamente por la puerta de la habitación de Pedro y su madre y habiendo llegado hasta la puerta de la cocina suspira lentamente el efímero éxito o quizás para desfogar la tensión y el miedo de despertarlos. Al entrar a la cocina observa que aún hay brazas en el fogón, el ambiente estaba tibio y el olor de leña quemada satura el ambiente, la tibieza y la oscuridad del entorno acogían en esa noche fría de luna clara.
Antuco se sentó cerca del fogón de la tullpa, se acercó mas y estiro las manos exponiendo las palmas al fuego para que se puedan calentar, miró las brazas brillantes, las pequeñas lenguas de fuego que nacían en los restos de los leños secos sin quemar y las cenizas que van cayendo del carbón consumido, adornaban la noche proyectando la sombra tenue palpitante proyectada en la pared de adobe al frente del fogón. Los pensamientos de Antuco se dispersan en ese momento y siente que el tiempo también se dispersa con ellos,  piensa en mañanas claras y frescas junto a su madre, piensa en las tardes de brisas suaves remojando los pies en los riachuelos cristalino y en como las algas largas acariciaban sus pies descalzos, pensaba en las lluvias vespertinas, en los rayos del sol y como acariciaban amablemente sus costras resecas  y que secaban sus ropas, sus mantas pellejos y puyos. Cuando su alma regresó de un tirón al instante presente, sintió que le dolían la espalda, las pequeñas piernas y su lastimado tobillo. Pensó en la silueta de Pedro por las mañanas, en el llanto de su madre y en las faenas del campo a las que comenzaba a acostumbrarse.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

De Sócrates a Napoleón

     Dios bendice con el sol, pero mas bendice con la lluvia, solía decir la mamá antigua en quechua, lo decía mirando el fogón de la tullpa...