miércoles, 10 de abril de 2019

El Acomodador de Flores: Segunda parte.

Pedro no había terminado la escuela primaria y ya cargaba fardos de gladiolos desde la chacra de sus abuelos hasta la carretera que sale de Acobamba, aprendió con ellos todo lo que se tiene que saber de flores, sabía de los colores de los alelíes, las rosas y sus espinas saca uñas, sabía de sus colores aurorales, margaritas y las complicidades de sus pétalos que daban destino al amor de los grandes, conocía muy bien los gladiolos efímeros, algunos teñidos, altivos y tristes, sabia de sus penas y sus rumbos; le agradaban las lilas pero mas le gustaban las dalias y las hortensias, los colores humanos y tenues, sus formas cercanas y sus olores sacros agradaban sus sentidos, los lirios y narcisos le fascinaban siendo raros y muy difíciles de cuidar, respetaba las flores amarillas de la linaza, los dientes de león, la florecillas alegres de las habas y las amables flores moradas de la papa. Los claveles eran enigmáticos, el rojo de sus pétalos era perturbador, le parecían misteriosos, míticos, ancestrales; hundía su mirada en la profundidad del rojo intenso, en las estribaciones como alas nacientes de flamígeros pájaros, pétalos de incontables aristas de rojos perpetuos y no encontraba la razón de esa intensidad y la perpetuidad, no encontraba la razón de aquel rojo infinito, un rojo sideral como el rojo vital de la sangre gruesa y espesa. Esos claveles rojos lo transportaban a la época en que la sangre brotó de su piel abierta después que su padre introdujo una vara de eucalipto en su pierna a manera de castigo cuando aún era niño. Cuando por esa época escapaba en medio de un juego de escondidas, tumbó treinta gladiolos a la carrera para esconderse a la cuenta de diez.
El rojo del clavel lo atemorizaba y lo capturaba, habiendo aprendido desde muy niño a cultiva flores; en su vida no pudo hacer brotar un solo clavel, sembró y cultivó todas las flores que la naturaleza había creado, pero nunca por sus manos hizo brotar un solo clavel.

Una tarde lluviosa Pedro huyó de la casa de sus abuelos, después de recibir de su padre una fuerte tunda a causa de un pomo de mermelada que rompió con sus hermanos; corrió lejos, mas lejos de lo que había llegado jamás, tomó la ruta que sigue el cause del río sin saber a donde lo llevaba, con pena contaba que; horas después de su huida y antes de oscurecer, cuando intentaba subir de gorreo a la tolva de una camioneta que pasaba por la carretera, al momento de soltarse y abandonar el intento de un salto, se tropezó con un hombre a un lado de la carretera, éste hombre era mediano de estatura, tosco, de mirada calmada, era un chofer huancaíno que regresaba por dentro de la carretera a la caseta del camión Dodge que había estacionado a un lado de la esa carretera para revisar su carga. Pedro se pudo sujetar de la casaca de aquel chofer antes de rodar hacia la cuneta que se hundía mas allá de la carretera, era un camión casi nuevo con la tolva de madera pintada con diseños multicolores en el que llevaba mandarinas, naranjas y piñas desde Chanchamayo al valle del Mantaro.
Contó que este chofer lo atajó, le preguntó por sus padres y su casa, pero habló sin obtener respuesta, el chofer vio su pómulo y labios hinchados, vio la sangre que aún brotaba de su nariz, también pudo ver que sus manos temblaban de frío y miedo, el chofer secó la ropa de Pedro empapada por la lluvia, lo subió a la caseta y se lo llevo con él sin preguntar mas.
Pedro trabajó a partir de ahí y durante toda su vida en los campos de cultivo del gran valle, primero en los campos de la familia del chofer con quienes vivió por algunos años, a medida que crecía buscaba trabajos de jornalero en algunos campos donde se sembraban papas, habas y maíz, también en algunos donde por temporadas se sembraban alcachofas o zanahorias, algunos años trabajó cerca a Acobamba en los campos de flores cercanos a los campos de sus abuelos, las que estaban en poder de sus tíos.
En los pocos momentos que se le podía escuchar Pedro contaba que cuando era casadero regresó a la casa sus abuelos, aquella de la que huyó cuando niño, llegó unos meses después de la muerte de su padre y nunca mas volvió.
Esa casa, el portón, el zaguán, los altos y las paredes de adobe lo sumergía en sus recuerdos, lo turbaban como lo hacían los pétalos de los claveles, esos recuerdos aún le hacían doler el cuerpo y el alma.
Solía ir a la tumba de sus abuelos y acomodar algunos gladiolos o margaritas según lo que encontrara en el camino, lo hizo en las temporadas de trabajo en los campos cercanos a los de sus abuelos.
Pedro recordaba que sus abuelos le enseñaron a sembrar flores a cultivarlas y cuidarlas, ellos fueron enterrados y algunas piedras lajas pintadas decoraban el montículo que se formaba en el suelo del cementerio en el sitio mismo del entierro. Pedro acomodaba las flores que conseguía en el camino, pero nunca dejo sembrada ninguna, nunca pudo sembrar mas flores.
Desde que huyó de la casa de sus abuelos, Pedro no volvió a ver a sus hermanos, nunca conoció a su madre y los únicos gratos recuerdos de esa casa eran las tardes del juego, el juego de las escondidas, los juegos de pelota y el sabor dulce en su boca después de disfrutar con sus hermanos de aquel pomo de mermelada.

La puerta de la habitación de Antuco se abrió y los rayos del sol saturaron el habitáculo de alma terrenal donde Antuco compartía sus sueños con el aire y la lluvia; el haz de luz que dibujaba las dimensiones de la puerta alumbraba directamente un bulto casi inerte en la base de la pared, una bola de trapos y carne hinchándose, aun permanecía agazapado junto a esa pared en el extremo mas lejano de la puerta, el golpe de luz lo cegó y le calentó la espalda, los rayos del sol; que rebotaban contra la pared blanca, pero dando en su espalda penetraban su chompa ploma de uso escolar, calentando sus llagas oblicuas recién formadas. La luz se interrumpió y la sombra de Pedro debajo del marco de la puerta también interrumpió la cocción de las hinchazones que Antuco exponía en la espalda y las piernas, la voz de Pedro era como los truenos a lo lejos, su mirada como los relámpagos truncos, sus palabras como los bramidos de almas atormentadas y perdidas en el purgatorio. Le ordenó llevar los pellejos y los puyos a la pampa cerca del gallinero a enjuagarlos y colgarlos en los cables metálicos que usaban de tendedero, ponerlos bajo el sol para que, a la vez que se iban secando; el calor iría castigando los ardores de sus yagas ahí en las pampas, en un proceso que por acción de sol y el calor se evaporaran los orines que Antuco no había podido contener la noche anterior.

El Pulso de sus latidos le presionada las venas del tobillo y la cojera ocasionada por los golpes dificultaba su tarea de enjuagar y tender los pellejos, las mantas y los puyos, el sol golpeaba con fuerza la nuca y la espalda de Antuco, la briza de la mañana era tenue, desgastada, rodaba en tumbos lentos sobre el pasto desigual de la pampa, ese viento no sacudía los eucaliptos, como en las tardes secas con insistente fuerza hasta el punto de hacer tronar sus maderos, solo acariciaba los juncos y matorrales de retama.
La orina enjuagada se evaporaba al sol y aunque Antuco asistió a la escuela, no fue un día agradable par él, la cojera persistía al punto de retrasarlo en todas sus actividades, por la tarde, Antuco se alistaba para salir a la escuela, pero la cojera haría imposible un retorno rápido, ya en la estancia a algunos metros de la casa Antuco tomó sitio en un claro entre los tendederos y los linderos de las chacras, sus carnes hinchadas, sus ardores y las ordenes de Pedro hicieron que Antuco permaneciera sentado en ese claro, a la luz del sol de la tarde viendo como se secaban los pellejos y los puyos que colgó por la mañana. Mientras masticaba el tallo dulce de una espiga de pasto, recordaba las tardes tibias cuando se tostaba al sol siempre al lado de los riachuelos, acostado encima de las faldas de su madre, aquellas tardes cuan Pedro aún no llegaba a sus vidas.
Cuando Pedro pudo ver que el niño daba pasos mas firmes lo llevo al campo contiguo a deshierbar y juntar algo de yuyo para el almuerzo del día siguiente.
Antuco llego esa tarde con un bulto de yuyo amarrado a la espalda en su chompa escolar, miró a su madre junto al fogón, meditando, quién sabe en qué; la vió como siempre, resignada, inerte, sin alma, oscurecida por la sobra de Pedro, con los ojos siempre a contraluz. Lejos estaban las tardes soleadas al lado de los riachuelos cristalinos, los paseos por los bosques de eucalipto para juntar leña, las mañanas alegres llenas de luz.
Dejó el yuyo en una mesa de madera en el centro de aquella precaria cocina, paso junto al fogón de la tullpa, sintió el calor de las brazas y el humo que producía la leña húmeda hacia mas espectral la figura de su madre, salió por la puerta de la cocina y se detuvo al frente de la casa, llego al improvisado lavadero, se enjuagó las manos y la cara en el único caño de la casa que estaba al aire libre, la cojera persistía y la hinchazón del tobillo aun le latía. Pedro llego para la comida, el arroz quemado, las papas sancochadas y un huevo frito, fue la única comida de Antuco ese día.
Cunda la tarde suspiraba su fin, Antuco tenía una alegría y una visión de la vida nuevas, corrió por la pampa hacia el corral dando saltitos para no acentuar el dolor de su tobillo, llego a la puerta del corral y sacó granos de cebada para dar de comer a los animales; recogió los pellejos y los puyos del tendedero, los acomodó torpemente hacia el fondo del terraplén y dobló los puyos con cuidado al costado de la pared. 
Las tardes al sol eran calmadas en los paseos que daba Antuco, a pesar de la ausencia de su madre, Antuco siempre corría al campo cerca de los riachuelos cristalinos, llegaba a sus orillas a sentarse y ver como corre el agua fría y cristalina en meandros calmados, esa tarde pudo mojar sus pies y calmar por instantes el dolor de su tobillo adormecido por el frío de aquella corriente cristalina.
La vida, las madrugadas húmedas y las incontinencias siguieron su curso, el tobillo de Antuco nunca fue el mismo, como el curso de los riachuelos cristalinos que se forman con las filtraciones del rio Mantaro, la heridas y frustraciones de Pedro como tormentas fugaces, se destilaban en las golpizas madrugadoras que Antuco recibía a cada filtración involuntaria.
Un día de lluvia el curso de de la vida de Antuco llegó a un recodo, una suerte inesperada o una tragedia, la vida cambió de curso con violencia. Como las aguas cristalinas que van fluyendo en rumbo incierto y encuentran pedregales, caídas, lagunas y recodos; como los ríos que van de la puna a los valles y encuentran algún día el mar.
    

        

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