miércoles, 10 de febrero de 2021

De Sócrates a Napoleón

    Dios bendice con el sol, pero mas bendice con la lluvia, solía decir la mamá antigua en quechua, lo decía mirando el fogón de la tullpa mientras tostaba el maíz, atizando la braza repetía quimeras y preludios, -hoy toca baño- exclamó aquella madrugada de domingo. Esas mañanas soleadas en el patio de la gran casa significaban el preludio de los baños en tina para Charly y Samuel lo que confirmaba lo dicho por la mamá antigua. Cuando el cielo amanecía despejado de nubes, mostrando un azul profundo y limpio, ellos sabía que alguna de las mamás pondrían a calentar el agua al sol, confirmaban también que la mamá antigua tenia una forma de saber lo que pasaría en el futuro, no entendían por que para ellos el sol sería una bendición y con el paso de día no les quedaría la duda alguna de por que la lluvia sería mas bendita que los rayos del sol. 

    Los chorros de agua entibiada al sol recorrían sus cabezas, las tinas estaban dispuestas una al costado de otra, casi llenas de agua, alguna de las mamás las había puesto a solear desde muy temprano, los rayos de sol tostaban las mejillas de Charly y Samuel, mejillas rojas y cuarteadas por el aire frío y seco de las alturas, en sus espaldas huesudas se podían notar los huesos de sus columnas y contar fácilmente sus delgadas costillas una a una, ambos tiritaban parados en sus respectivas tinas con el agua hasta las rodillas, se vertían el agua ellos mismos con pequeños tazones de plástico y a cada remojada exponían a la voluntad del viento que recorría el patio sus mas profundos suspiros estremecidos por temblores fugaces, risotadas mezcladas con ansias ocultas y llantos ahogados. El recorrido del agua deslizándose desde sus cabezas hasta sus espaldas bajaba aún mas y se bifurcada en sus pequeñas panzas abultadas por la sequedad de sus pieles infantiles, de esa forma se abría paso como torrente de ríos que vienen cargados en épocas de lluvia, el volumen del agua acariciaba las grandes melenas que ya se dejaban ver lineales y brillantes en sus cabezas como esas algas delgadas y largas en el fondo del Opamayo, sus cabellos bajaban por los cuellos y se dispersaban por los grandes surcos que sus vértebras cervicales y las estribaciones de sus omóplatos dibujaban en sus pequeñas espaldas, cuando ambos sentían la caricia de sus cabelleras en sus cuellos y el inicio de sus pequeñas espaldas un miedo profundo los invadía, esa sensación irremediable era una señal premonitoria e inequívoca de que nuevamente estarían a merced de las garras de Napoleón.

    Por esa época un dolor de muelas tenia un efecto premonitorio menos fatal que una melena crecida, ir al dentista era un paseo de verano frente a la tortura de ir a la peluquería para un corte de cabello en las manos de Don Napoleón. Cuando alguna muela era derrotada por ese constante masticar de los caramelos y chicles de globo que se podían conseguir por un Inti en la tienda de "Pepelucho" y el dolor llegaba al punto de quitarles el sueño, ese sueño que por esos años solía ser profundo y maravilloso para ambos, el camino al consultorio del Dr. Sócrates era una bendición, Samuel pensaba que seguramente seria "Doctor de saca muelas" cuando sea grande y Charly convenía en pensar que Samuel tenía buenos planes y en esas ocasiones ambos caminaban despreocupados al consultorio de Sócrates sumergidos en sus sueños infantiles recordándolos del insomnio de la noche anterior, con la mirada fija en el cielo azul, el ingreso era bastante alegre, la mamá grande siempre era bien recibida en aquel consultorio, siempre con mucha reverencia, ella mandaba a sentar a ambos y la espera era relajada, ambos sentados uno al lado del otro leían y releían las caricaturas de las revistas de variedades que podían tener al alcance en la mesa de cetro. El zumbido de la fresa taladrando las piezas dentales de pacientes aterrados solo sacaban sonrisas tímidas y cómplices disimulando la incertidumbre que encerraba el turno de cada uno, algunos minutos taladrando caries y llenándolas de amalgama no apenaba a ninguno, solo les dejaba un sabor extraño y algún calambre de mandíbula, salían del consultorio y caminaban con confianza y chasqueando sus diente a cada movimiento brusco de mandíbula, siempre con una licencia adicional para visitar a Pepelucho cada que consigan un Inti.

    Esa mañana de sol, de baño dominical, preludio del horror, el baño no alcanzó para el paseo por el parque o la visita a alguna feria de juegos mecánicos itinerantes, tampoco seria un domingo de televisión en casa de algún vecino televidente. Sería un domingo de peluquería y el ambiente en la casa grande se tornó sombrío, el desayuno a media mañana fue bastante triste, Charly y Samuel miraban como la leche de vaca recién hervida se enfriaba sin ser víctima de algún sorbo y tampoco tocaban un solo pan caliche a pesar que ese domingo tocaba comerlos con abundante nata, el silencio en la mesa era de velorio señorial, las miradas andaban entre las tazas de leche y la mesa, algunas veces, Carly y Samuel cruzaban las miradas y las risas cómplices eran mas bien expresiones de pánico. Así pasó aquella mañana de espanto, a la hora del almuerzo el escenario fue mas funesto, para el colmo del mal a alguna de las mamás se le había ocurrido cocinar sopa de calabaza, esto confirmaba la desgracia de aquel domingo, Samuel pensaba que solo faltaba que se nublara y que no lloviera, por que la alegría rondaba en los días soleados y el júbilo en los días lluviosos.

    Napoleón Retamoso, el único peluquero del pueblo, era licenciado de las fuerzas armadas del Perú y peluquero general de la base militar de Huanta, forastero en éste pueblo curioso de perros lanudos y niños greñudos, pueblo de señores de parque, de puquios y arboles chismosos, forastero pero ya acostumbrado a esa gente chismosa y dicharachera, gente desconfiada y poco amigable, aprendió los usos, modales y costumbres, reconoció a los viles y los respetables; él un era hombre de mediana estatura, regordete para sus años, subido de peso pero no en extremo, exhibía una prominente barriga que combinaba con esa contextura gruesa, para cuando Charly y Samuel pasaron por su peluquería, sus tijeras y maquinas oxidadas debería estar contando poco menos de setenta años que dejaba notar con esos temblores en las manos y las arrugas pronunciadas en todo su rostro, el cuello casi ausente pero a algo doblado a la izquierda al parecer permanentemente por que nunca se le vio de otra forma, tenía la mirada ya cansada por el correr impune de un tiempo que no perdona, no quería lucir su cabeza calva, la que trataba de esconder con mechones largos de cabellera muy negra sin una sola cana, mechones que salían de un poco mas arriba de su patilla izquierda y permanecía pegada a modo de cobertura tenue y frágil al viento, era de tes cobriza, tenía los ojos pequeños y muy vivaces, nariz chata con anchas fosas nasales que le daban un aspecto amable, a la postre, nada mas alejado de la realidad; tenia las manos gruesas y bastante fibrosas, sus dedos difícilmente entraban en los dedales de las tijeras, pero eran precisas con las maquinas de barbero, aquellas de largas palancas, lucia siempre un guardapolvo casi blanco muy pulcro, ligeramente azulado por el añil y graciosamente almidonado en el cuello, pantalón negro de paño y zapatos de charol. Nadie sabia si era Huantino, pero llego del cuartel de Huanta al cuartel del pueblo donde fue dado de baja años después, así es como decidió quedarse y se instaló en una pequeña tienda de la avenida Centenario y ejerció su oficio todo ese tiempo hasta una tarde lluviosa en que la muerte lo encontró durmiendo una siesta en una de sus sillas blancas, ante la ausencia de clientes, las horas pasaron y un atrasado cliente notó que no se movía, su mano colgaba al lado de lona con cuero donde afilaba sus navajas.

    Ya entrada la tarde de ese domingo fatal y después de haber terminado con esfuerzo la sopa de calabaza, Charly y Samuel se alistaban para que la mamá menor los lleve a la peluquería de Don Napoleon, Se oyeron las campanadas de la misa de tres y el viento fresco entraba por la puerta del cuarto que compartían y en el que frente a un espejo trataban de esconder las grandes mechas de cabello que a ambos se les escapaban por encima y detrás de las orejas, los largos mechones de cabello que bajaban indómitos desde el extremo mas alto de sus parietales  y que les cubría ya toda la frente y sus cuellos huesudos, si no fuera por los copetes no hubieran podido ver mientas caminaban a la fatal esquila. El miedo se apoderaba de ellos, sudaban ligeramente y en algunos momentos pensaban en escapar de la gran casa, salir corriendo sin voltear, cruzar corriendo el patio y pasar la por la puerta que daba a la calle Sucre rumbo al cerro San Cristobal, tomar la entrada que da a uno de los caminos que sube la cuesta al lado de una de las tantas zanjas del cerro y buscar la cumbre a paso firme, llegar quizás muy lejos subiendo por otros cerros y buscar un pueblo mas pequeño donde no hayan peluqueros, donde los niños no tengan que cortarse los cabellos, donde todos vivan felices con sus melenas al viento, pero despertaban y se hallaban en la casa grande ya listos para salir.

    Salieron de la habitación muy bien peinados y engominados, mas bien enlimonados, ellos sabían que los limones son buenos para fijar los cabellos rebeldes, la mamá grande los esperaba en el zaguán que daba a la calle Moore, -salieron con pinta de Gardel-, dijo la mamá grande -en figura y ánimos- añadió, la mamá menor esta vez no iría y no sería de ayuda para una definitiva súplica y posible fuga o mentira piadosa para salvarlos hasta el otro domingo. 

Los tres salieron de la casa grande y tomaron la calle Moore rumbo a la calle Colón, el tiempo se hacia eterno y caminaron apresurados hasta la calle Grau, doblando la esquina y ambos sintieron el temor de la cercanía, la misa de tres ya había comenzado, llegando al parque miraron la iglesia y vieron cómo el sol de la tarde entraba por las ventanas laterales de la nave principal de la iglesia matriz, cruzaron miradas y juntos elevaron una oración, la que nunca fue mas sincera que aquella tarde, tomaron la calle Centenario y repararon en que, metros atrás pasando por la comisaría que se hallaba en una casa antigua frente al parque, miraron dentro de su pequeña recepción, su piso de madera, el escritorio plomo casi vacío y recordaron que vieron también a dos guardias que fumaban despreocupados en la vereda que continuaba desde la gran puerta de madera a la calle, aquella puerta que nunca vieron cerraba en toda su vida, pensaron en volver e internarse voluntariamente y meterse a la fuerza en las dos pequeñas y precarias celdas que tenia aquella comisaría, uno en cada una de ellas,  miraron la expresión augusta y decidida de la mamá grande que andaba a paso firme sobre sus tacos elegantes y declinaron sus intenciones, seguían caminando con paso redoblado para poder andar al ritmo de ella y pasaron por la farmacia pensando en alguna solución o jarabe que los exonere de la tortura a la que a fuerza los llevaban, el estudio fotográfico era la antesala, la tienda de novedades y salón de alquiler de Betamax al frente del estudio, eran ensueño de su infancia, seguramente habrían preferido entrar a este salón y vivir encerrados hasta tener las greñas como de rocanrolero, pero esta vez no sería posible.

    Por fin llegaron a la peluquería de Don Napoleón, subieron la alta vereda y la mamá grande se detuvo a unos centímetros del marco de la puerta, Don Napoleón la miro de reojo, detuvo su trabajo, con dificultad sacó las tijeras de sus gordos dedos y las dejo en la mesa junto al gran espejo, se sacudió el guardapolvos con un cepillo de pelos delgados, largos y curvados, se acercó a la puerta y con una reverencia saludó hoscamente y estiró su gran mano derecha para dársela, la mamá grande, saludó muy respetuosamente a Don Napoleón, estiro su delicada mano derecha cubierta por un guante de cuero negro y con otra reverencia, mas amable; selló el trato, inmediatamente pidió ¡corte Alemán para ambos!

    Gotas de sudor frío recorrieron las frentes y los cuellos de Charly y Samuel, se miraron fijamente, suspiraron y apretaron sus manos, pensaron en correr, Charly dio un paso atrás, pero regresó rápidamente, Samuel contenía el llanto y pasaba la saliva cada vez que pensaba en el momento de sentarse en esa silla de peluquero, de base redonda, brillante y muy blanca, esa que tenia un gran espaldar acolchado y se veía que estaba hecha de hierro forjado, la observaba; esa apariencia le imprimía un aire aún mas terrífico. La mamá grande les ordenó que pasaran y se sentaran en las bancas al otro lado de los espejos de la peluquería, pagó dos cortes y añadió una propina para un trato preferencial, Don Napoleón agradeció y esbozó una amable sonrisa en el mismo momento que con una reverencia se despidió, dió media vuelta y a prisa retomó su trabajo, la mamá grande miró firmemente a sus protegidos y eso basto para mantenerlos sentados hasta que el verdugo terminó con el joven que ocupaba la silla mas próxima a la puerta y ordenó a Charly pasar, limpió y sacudió los cabellos  con el cepillo de pelos finos, largos y curvados y se dispuso a acomodar sus instrumentos de tortura en la mesa junto a los espejos.

    Charly se levanto de la banca, caminó lentamente mirando el suelo, Don Napoleón subió una caja de madera sobre el tapiz rojo de la silla de base redonda, la acomodó cerca del espaldar acolchado y puso un cojín mas pequeño sobre de la caja, puso una pequeña madera sobe el tapiz rojo del de la silla grande para que Charly no estropeara con sus zapatos sucios e inmediatamente le indico a Charly que subiera, sacudió y acomodó el mandil blanco y lo ató al rededor del cuello de Charly, examinó la anatomía de la cabeza de Charly, la movió de un lado a otro, tomo una maquina pequeña, una que tenia apariencia de instrumento quirúrgico con una mariposa a modo de tuerca adosada a un tornillo que se introducía en el cuerpo de aquel artilugio, tenía dos palancas a modo de agarraderas movibles que Don Napoleón tomó y presionó con inusitada torpeza a modo de prueba, lo que repitió antes de comenzar con la tarea que lo acometía, dicha práctica inmisericorde quebró los nervios de Charly, una mirada de reojo con la cabeza agachada y una lágrima fugada hicieron estremecer todo el cuerpo de Samuel. Don Napoleón empuja la nuca de Charly haciendo presión entre la base de su quijada y los sobresalidos extremos de sus clavículas; finalmente con la otra mano procede a llevar la maquina de la nuca hacia la parte mas alta de la cabeza de Charly.

    Cuando casi toda cabellera de la nuca de Charly estaba al nivel de su cuero cabelludo Samuel pensó en pedirle ayuda a la mamá grande, volteó la mirada hacia la puerta y con sorpresa vio que la mamá grande ya no estaba, enderezó la mirada y Samuel pudo ver que Don Napoleón tomaba la pequeña cabeza Charly para girarla bruscamente hacia la derecha, posicionó su maquina en la parte trasera de la oreja y con movimientos torpes procedió una vez mas a esquilar al ras, lo mismo hizo con la patilla y el cabello arriba de sien, con un par de golpes indicó a Charly que moviera la cabeza hacia la izquierda y repitió la operación con menos pericia y con mucho mas desgano. El peluquero parecía aborrecer su oficio, pero había un cierto afán en él, un afán por el disfrute, un cierto goce con el chillido y gimoteo de sus víctimas, una serie de sentimientos contradictorios con los que luchaba ese hombre a cada corte de cabello. Cuando pudo terminar con la maquina infernal de esquilar ganado ovino, tomó las tijeras y metió sus dedos gordos en los ojales brillantes de sus oxidadas tijeras, dio unos cuantos cortes al aire a manera de práctica, sacudió el cabello que Charly tenia en la frente y procedió a cortar el copete enlimonado, los mechones caían y las lágrimas de Charly se dejaron ver cuando mojaron gota a gota el blanco mandil que lo envolvía desde el cuello. Las tijeras dejaron de sonar, Samuel levanto la mirada y vio como Don Napoleón mojaba los pocos cabellos que quedaban en la cabeza de Charly, tomo unpeine deslucido y lleno de cabellos diminutos e intentó peinar el menudo mechón que dejo en la cabeza de Charly, pero el constante pasar del peine parecía arrancarle todavía mas cabellos. Ambos pensaron que la tortura terminaba con esa operación, pero Don Napoleón tomó una pequeña taza de fierro enlozado, muy vieja y despostillada, ésta taza contenía una pequeña brocha con la que saco espuma a un jabón que se hallaba en el fondo de la taza, despues de verter un chorro de agua, puso la espuma en la nuca, arriba de las orejas y en las patillas de Charly, dejó la taza, tomó una navaja blanca, camino a un lado de la silla y tomó la lona de cuero, desenfundo la hoja de la navaja y la afiló toscamente, una y otra vez, a uno y otro lado, el sonido de la hoja de metal golpeando el cuero y deslizándose de arriba hacia abajo era infernal, era un ritmo lúgrube, finalmente terminó y soltó la lona que golpeó bruscamente la base blanca de aquella silla, tomó la hoja con el pulgar y el dedo índice y puso la cola blanca de la navaja entre su dedo anular y el meñique, solo en ese momento Samuel pudo ver del temblor en la mano derecha de Don Napoleón, a pesar de eso pudo terminar de rasurar todas las áreas enjabonadas, limpió la hoja, sacudió el brazo y al momento de dejar la navaja en la mesa tomó un aparato rarísimo que parecía un tetera árabe con un pico muy fino conectado por una pequeña cañería a un globo de jebe que procedió a bombear con fuerza para que el pico pudiera expulsar un aerosol de alcohol que pulverizó desde la patilla derecha a la izquierda pasando por la nuca, tomó el cepillo de pelos finos, largos y curvos y al tiempo de sacar el mandil blanco limpiaba los mechones cortados que caían en los hombros y espalda de Charly. A prisa bajó de la caja al posa pies de la silla del peluquero, de un salto quedó en el suelo, miró a Samuel y corrió a abrazarlo.

    Don Napoleón miro a Samuel y con un movimiento de cabeza le indicó que subiera a la silla y trepara arriba de la caja, Samuel sintió una descarga helada que le recorrió el espinazo entero, solo oyó decir a Charly: -tu puedes hermano- después de una pausa Samuel respondió: -no creo que pueda-. Don Napoleón no estaba dispuesto a perder el tiempo a pesar de la generosa propina, caminó hacia ellos, tomó a Samuel por el hombro y lo aproximó a la silla, con un empujón lo subió al asiento y a empellones lo acomodó sobre el cojín arriba de la caja, sacudió el mandil blanco y se la colocó en el cuello y dio inicio a su ritual macabro, desde el empujón que exponía la nuca de Samuel y la dejaba a merced de los instrumentos y torpes artes de Don Napoleón, hasta los empujones para bajarlo de la silla. 

    Samuel sentía que a cada recorrido de la maquina mas que cortarle el cabello se lo arrancaba, sentía como pequeños mechones eran arrancados de raíz una y otra vez y cuando quería quejarse del dolor Don Napoleón le daba un pequeño empujón con la maquina, en ese momento entendió el llanto de Charly. Cuando por fin tenia la nuca pelada y de un empujón sintió que le acomodaba la cabeza hacia el lado izquierdo y volvió a sentir el arrancar de cabellos del de la patilla hasta las mechas arriba de su sien, con un fuerte empujón y apretón a la cabeza, Don Napoleón dejó derecha su cabeza, tomo las tijeras y de la misma forma que la maquina, lo que hacían esas tijeras era arrancar el cabello de la raíz, el paso de la navaja afilada dejó algunos cortes en el cuello de Samuel y una pequeña herida sobre su oreja derecha, para los que el alcohol pulverizado y los quejidos por el ardor fueron el clímax de la tortura, pero había acabado y sin creerlo había sobrevivido, después de limpiar desidiosamente sus herramientas de tortura, Don Napoleón procedió a retirar el mandil blanco del cuello de Samuel y limpiarle los hombros y la frente con el cepillo de pelos finos, largos y curvados, con un ademán lo obligó a saltar de la silla y después de sacudir su guardapolvo blanco y el mandil blanco, obligó a otro peregrino a subirse al patíbulo de base blanca y espaldar acolchado con estructura de hierro forjado, siempre sobre la caja y el cojín, era otro niño que ya sufría con ellos. 

    Samuel corrió al extremo de la peluquería donde Charly lo esperaba, voltearon y miraron tímidamente al peluquero y ante la indiferencia de éste, salieron cuidando de no ser sorprendidos por sus macabras intensiones nuevamente, caminaron lento haciendo sonar las tablas del piso, uno agarrado del otro, llegaron a la puerta, bajaron a la vereda y cuando supieron que ya no los miraba comenzaron a correr sin voltear, llegaron al parque casi sin aire y mirándose vivos y sin cabello se tomaron de las manos y saltaron en círculos al rededor de la pileta del parque, se dieron cuenta que el ardor de las heridas les quemaba sus cuellos y cabezas, el ardor era insoportable y muy molesto, pensaron en la suerte de salir con vida de aquella experiencia, caminaron al atrio de la iglesia y con las manos juntas agradecieron estar vivos, con esos ardores terribles, pero vivos. Cuando aun no terminaban de rezar sus avemarías sintieron las gotas gruesas de una lluvia inminente, apuraron el rezo y salieron del atrio al tiempo que la lluvia estaba encima de ellos y fue inevitable sentir como cada vez mas gotas bajaban de sus cabezas algunas gruesas otras delgadas y algunas se deslizaban hasta sus labios para dejarlos saborear lo ácido y salado de su sudor, muchas gotas de esa lluvia gruesa les golpeaban la cabeza y otras les golpeaban las mejillas, a dos cuadras de la iglesia subiendo a carrera por la calle Colón, sintieron que el ardor de las heridas desaparecían, sin saber que la lluvia había lavado no solo el sudor, sino los restos del jugo del limón que utilizaron para fijar sus cabelleras largas con la esperanza de no ser llevados al Santo Oficio de Don Napoleón, la lluvia caía con mas fuerza y la frescura de sus cabezas y la ausencia de esos ardores hizo que ambos se detuvieran en la puerta de la casa grande y recordaran lo que la mamá antigua había declarado en la madrugada de ese domingo infame: "Dios bendice con el sol, pero mas bendice con la lluvia", entraron en la casa, caminaron a la parte antigua de la casa grande, buscaron a la mamá antigua y la abrazaron como nunca lo habían hecho hasta ese momento, vivieron y fueron libres de correr y jugar, hasta que el sol y la lluvia a su paso dejaron una vez mas las melenas muy largas.

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