miércoles, 13 de marzo de 2019

El Acomodador de Flores: Primera Parte.

    Era una mañana fría y húmeda, una mañana de esas en las que se respira el espíritu desvanecido de una lluvia nocturna, cuando las estrellas desfallecen titilantes en un cielo vínico, cuando aún no salía el sol y los charcos todavía eran golpeados por las ultimas gotas de lluvia, que discurrían y se descolgaban de las tejas cóncavas, esponjosas y pobladas de musgo verde. En esa mañana despejada a golpe de llover con insistencia, se sentían vivamente como en sus mejillas empapadas de lágrimas primaverales el frío implacable hacía su deber. En esa mañana se oyó cómo los cueros de una correa zumbaban en el aire y terminaban su recorrido comprimiendo con violencia la piel tierna y cobriza de Antuco.

    En ese momento donde los jilgueros y gorriones cantan a la mañana venidera, los cantos graves de los Chihuacos posados en los árboles cercanos y el pasar de las gaviotas costeras recorriendo de ida y vuelta los ríos del valle repartiendo su canto agudo y vivaz, se mezclaron con los gritos ovíparos y desgarradores de Antuco que a cada correazo se estiraba y gritaba para después gemir de dolor y suspirar como suspira los ríos cuando su cause llano arriba a una pendiente rocosa, aparentemente calmado antes del torrente; como en esa mañana. A cada pausa, Antuco suspiraba y enjugaba sus lagrimas en el instante de disponerse a esquivar el siguiente golpe; suspiraba, pensaba en su suerte; volteaba y con las mejillas empapadas de lagrimas, miraba a su padrastro como rogando con la mirada sin mover un solo nervio en el rostro de su verdugo.
Suplicante, aterrorizado, con el alma extraviada y los pensamientos desviados en mil pensamientos simultáneos se arrodillaba cubriéndose el rostro y balbuceando prometerle una y otra vez: -¡nunca más, manan papay, nunca más!-.

    La mañana era clara, el sol ya deslumbraba con sus primeros rayos al sobreponerse a los altos cerros, la brisa de la mañana calentada por el sol rodaba por la cordillera y rompían el rocío en las hojas de las plantas, gotas que dejó la madrugada húmeda. Los eucaliptos frondosos y las retamas olorosas alegraban con sus colores a cada golpe luz en aquella mañana amarilla.
  
    Cuando sea brisa templada de la mañana se entrometía por las rajaduras de la puerta de madera de aquella barraca, después de la golpiza, Antuco envolvía sus mantas de lana, con movimientos lentos se acomodaba en su espacio, con jalones torpes amontonaba los pellejos mojados lejos de su cuerpo, comprimía su cabeza contra la pared de abobe, para que en una decisión súbita, empujada por el temor;  le levantara del terraplén que le servia de cama y pusiera sus toscos pies contra el suelo de tierra apisonada en aquella pequeña habitación. La tierra era tan húmeda y fría como la tierra del corral de gallinas contiguo, a cada paso se escurría el agua lodosa del piso por entre los dedos de sus pies, se mezclaba con su propia humedad y aquella mezcla se hacía tan humana, tan ácida y tan vital.
    El terraplén era alto, hecho de adobe, era el lugar donde dormía Antuco, para esa hora de la mañana ya estaba descubierto, después de sacar los pellejos de carnero que usaba como colchón y las mantas de lana con las con que se abrigaba, Antuco se sentó a la orilla del terraplén, hizo esfuerzos para poder comprimir los suspiros involuntarios y los espasmos que le produjeron la golpiza, enjugaba las ultimas lágrimas que aún brotaban de sus ojos negros, sentía que le ardían la espalda y las piernas, suspiró profundamente una vez mas, pero ahora el suspiro era diferente, este suspiro no sosegaba, este suspiro no brindaba paz a su alma.
    Un correazo certero en la espalda saco a Antuco de su profundo pensamiento, un grito rompió el silencio de la precaria habitación de adobe donde Antuco compartía sus sueños con el aire y la lluvia; de un salto  intentó alejarse de su verdugo huyendo al otro lado de la habitación, el hombre era rápido en su percusión y muy entrenado en aquel oficio, era fuerte y ágil en el trabajo vil, arrinconó al niño contra la pared de adobe pintada con yeso, batió dos veces en el aire la correa de cuero y descargo toda su furia en los pies y las piernas de Antuco. el niño levantaba sus extremidades inferiores para que su rostro y tronco no recibieran la descarga de los golpes, una y otra vez la correa estremecía y abría surcos abruptos en la piel tierna y andina de Antuco.

    El zumbido de la correa cesó, el viento era tibio, Antuco se empujaba contra la pared con el pie que no le dolía, se cogía con fuerza el tobillo lastimado, apretaba el barro del piso con la mano en un esfuerzo por tolerar el dolor, ya no sentía mas golpes, estaba solo y sus pensamientos difusos sin sentido del tiempo vagaban por aquellas tardes cuando el y su madre mojaban los pies en los torrentes cristalinos que nacían de las filtraciones del río Mantaro, días que transcurrían a la luz del sol, con el viento del valle acariciando sus cabellos negros.

    El padrastro era un hombre bajo de estatura, de piel cobriza, tenía la nariz curva a causa del tabique roto, sus manos gruesas, ásperas y callosas no correspondían a su pequeño cuerpo, eran grandes por el intenso trabajo en el campo, era agrio de carácter, de poco hablar, taimado, su mirada era fría y aguda,  sus ojos brillaban en la noche, nunca sonreía y solo cuando hacía mucho esfuerzo mostraba sus dientes verdosos a fuerza de masticar hojas de coca. Vestía el mismo pantalón de tela oscura, la misma camisa sucia, ojotas de caucho adosadas a sus pequeños pies al punto de confundirse con su piel cubierta por una masa de barro a medio secar. 
   



  

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