Es de noche y la lluvia se asomaba con gotas gruesas que golpeaban las tejas y salpicaban en el suelo seco que dejó agrietándose aquella tarde soleada, las nubes gruesas cubrían poco a poco el reflejo pálido de una luna menguante que rebotaba en las paredes negras de la precaria cocina, la oscuridad cubría todos los rincones a medida que el horizonte se saturaba con una lluvia ya persistente.
Las brasas languideciendo alumbraban y proyectaban débilmente algunas siluetas en la pared de la cocina, las sombras proyectabas seguían el movimiento palpitante de las brasas consumiendo el resto de leños y el escaso carbón que quedaba en el fogón.
El frío rumor del aguacero se escurría por las grietas de la puerta de madera, Antuco ya podía sentir el aire frío y la humedad que saturaban el ambiente y desplazaba el tibio aire que se retiraba lentamente, sus pies descalzos sentían la brisa húmeda y podía sentir en su piel el calo frío y los espasmos que producía el plan entrañaba en sus pensamientos, sintió que en ese momento anidaron en su mente el odio y la venganza, se volvieron recurrentes instantes con ensueños trágicos, heroicos, sangrientos y humanos, se rescataba de sus epopeyas y pensaba en las mañanas frescas y tardes tibias junto a su madre, pensaba en ambos a merced de los rayos del sol y las corrientes de los riachuelos cristalinos, pensaba en el cielo azul y el olor que proyectan los matorrales de retama, hasta que todo se nublaba y se ponía gris en sus pensamientos y recordaba los golpes y la sangre, las lágrimas y el profundo surco que hacia cada correazo en su espalda. Seguía en sus ensueños mientras recorría caminando a tientas el ambiente oscuro de la cocina, de pronto un pensamiento interrumpió sus ensueños, hizo que se detuviera frente a una mesa de madera, reviso con dificultad lo que había en la mesa y una visión dilató su pupila, congeló de un solo golpe su espinazo en el instante mismo que escuchó un ruido fuera de la cocina, pensó rápidamente, analizó y concluyó en la posibilidad de una vida mejor sin Pedro en su mundo de sus ensueños.
El ruido y el frío obligaron a Antuco a regresar a su barraca con el mismo cuidado con el que se dirigió a la cocina, pasó lentamente por la habitación que compartían Pedro y su madre, revisando a tientas si la puerta estaba abierta, caminó entre los charcos que la lluvia ya había desbordado, abrió lentamente la puerta de madera y entro a la barraca fría, camino hasta el terraplén, extendió los pellejos de carnero, sacudió la tierra mojada de sus pequeños pies con cuidado de no golpear muy fuerte su tobillo hinchado y rígido, se cubrió con las mantas y los puyos, acomodó torpemente un bulto que llevaba envuelto, lo presionó fuertemente contra su pecho y se durmió.
El sol resplandecía dominando un cielo azul infinito, el viento alto mecía la copa de los altos eucaliptos y hacia tronar sus troncos desde sus bases, la briza baja hacia danzar los pastizales y las pestañas de Antuco, acariciaba con constancia y amabilidad sus mejillas rojas y refrescaba su rostro completo a merced de los rayos del sol. Antuco yacía estirado en un claro de la pampa muy cerca del riachuelo cristalino que discurría lentamente por el valle, respiraba profundamente el aroma de las retamas mientras se estiraba a cana inhalación del fresco perfume, después, relajaba todos sus músculos a medida que exhalaba lentamente abandonando todo su peso a la alfombra de pasto verde sobre la que descansaba. Abría los ojos y el sol de medio día empañaba su visión, con esfuerzo podía ver la cumbre de los cerros a su alrededor, buscaba alguna nube en el cielo y no la encontraba, su mirada se perdía en el azul profundo del cielo y no hallaba ningún rastro de alguna pequeña nube pasajera, pensaba que todas las nubes habían caído y no quedaba una sola en el cielo, seguía echado y se hallaba en un páramo helado de la puna, reconocía ese sitio, estaba entre el ichu y las rocas, el cielo era gris y la nieve danzaba mientras el viento helado de las cordilleras recorría y hacía pequeños remolinos, miraba como los arbustos se estremecían a fuerza de las ráfagas de ida y vuelta, sentía un frío profundo y extrañaba el sol azul, cerró los ojos y no podía levantarse, sintió que estaba acurrucado en el mismo sitio donde nacen los ríos, donde las nieves de las punas se derriten y forman los ríos que discurren hacia los grandes valles, pensó que su fiebre calentaba el hielo debajo de su cuerpo y sentía que un hilo de agua discurría por su columna, pasaba por su ingle, llegaba a sus piernas y se concentraba en los pequeños dedos de sus pies, con dificultad podía percibir que sensaciones dominaban ese ambiente, no sabía si sentía el calor del valle soleado o el frío de los páramos de la puna, en ese instante sintió que unas manos suaves deslizaron sin presión sus párpados aprisionados, estaba nuevamente en el valle soleado y apoyaba su cabeza en las faldas de su madre, ella acariciaba su cabello con sus manos tibias, sabía que ella decía algo pero no podía escucharla, sabía de lo que hablaba pero no podía escucharla, ella apresuró el movimiento de sus labios, abría los ojos mientras comenzaba a gritar tratando de advertirle algo, los ojos se le desorbitaban y la desesperación saturaba todas sus expresiones y el no podía escucharle, ella gritaba sin emitir sonido alguno, Antuco no podía hablar, no podía gritar y las fuerzas lo abandonaban, le faltaba el aire y sintió que una luz poderosa y fugaz lo empañó completamente.
Un instante transcurrió, sintió el espasmo de sus músculos tensándose y obligándose a estirar sus extremidades mientras volvía a sentir la humedad usual de cada mañana. Tomó conciencia que era muy temprano en la mañana, supo entonces que Pedro no tardaba, se acomodó para lo esperado ya sin miedo.
Pedro entro a la carrera, empujo la puerta de la barraca, con la correa en mano caminó hasta donde Antuco lo esperaba despierto con la mirada fija e imperturbable, Pedro descargó el primer correazo sin pronunciar palabra y sin revisar siquiera las mantas, los pellejos y los puyos, Antuco apretó los dientes, parpadeó y estrecho los hombros al momento que con esfuerzo pudo voltear y dar la espalda a Pedro, luego movió las manos y con una de ellas descubrió sus muslos para darse espacio y poder moverse sin trabarse con las mantas, Pedro estiró la correa y la enroscó desde la hebilla en su mano derecha, se dio cuenta que Antuco se agazapaba lentamente y acomodándose se ponía de rodillas sobre los pellejos de carnero al tiempo que hacia movimientos torpes con las manos, se veía como si hurgara en sus propias entrañas. Pedro respiro profundo y se abalanzó rápidamente hacia el terraplén para sujetar a Antuco y aventarlo de un solo tirón contra la pared al otro lado de la barraca, para así tenerlo a merced en el suelo y concentrar mejor los siguientes golpes; en el momento que Pedro toma el brazo de Antuco jalándolo con violencia, a la vez que por la inercia su cuerpo se acerca rápidamente al cuerpo de Antruco, en ese mismo instante siente una punzada y una presión seca en el abdomen, inmediatamente el ardor se deja sentir dentro de su cuerpo, sin pensar ni intuir lo que había sucedido Pedro da medio paso atrás y antes que pueda bajar la mirada, siente como un rayo helado recorre todo su cuerpo, suelta el brazo de Antuco, baja la mirada y sus ojos saturándose de lágrimas pueden ver el mango del cuchillo sujetado por una pequeña mano que se iba manchando de sangre, solo ahí pudo sentir la hoja completa dentro de su vientre, la luz del sol que entraba por la puerta de la barraca dejaba ver claramente la mano de Antuco sujetando el mango, el cuchillo estaba clavado a la altura del ombligo, mientras el flujo caliente de la sangre que brotaba de la herida emanaba un vapor que se hacía visible en el ambiente frío de aquella mañana Antuco soltó el mango, la primera sensación de Pedro es de adormecimiento, sentía tibio el abdomen, pero muy rápidamente el dolor lo paralizó, tomó el mango del cuchillo y lo sacó bruscamente ensanchando la herida mortal, movía la cabeza haciendo esfuerzos para poder ver a su alrededor y encontrar a alguien en ese momento, solo hallaba siluetas a trasluz, el brillo del sol enmarcado por la silueta de la puerta y las paredes trémulas de la barraca fría, dirigió la mirada al frente y lo ultimo que pudo ver fue la silueta opaca de Antuco arrodillado sobre las mantas y puyos húmedos. Pedro cayó encima de los pellejos aplastando a Antuco contra la pared adosada al terraplén, Antuco se quedó inmóvil por unos instantes sin decir ni pensar nada, suspiró y con las dos manos apartó a Pedro empujándolo de los hombros, descargado todo su peso sobre los pellejos y con esfuerzo pudo bajar del terraplén. Pedro se movía sobre los pellejos empapados de sangre, solo se movía sin decir palabra alguna, porque el dolor había bloqueado todos sus sentidos, su peso y los movimientos hicieron que su cuerpo caiga del terraplén y se golpee bruscamente contra el suelo húmedo de la barraca, la sangre brotaba y con un ultimo esfuerzo Pedro pudo cubrirse la herida con la mano en la que aun se hallaba enroscada la correa.
Antuco salió de su barraca, la mañana era fresca, la brisa acariciaba los pastos y el sol ya evaporaba las ultimas gotas de rocío, camino lentamente hacia la cocina, pasó por la habitación donde su madre aún dormía, el alma perturbada y la cojera persistente hacia lento su andar, caminó hacia el fogón de la tullpa y se sentó a ver como se consumía el ultimo trozo de carbón incandescente que Pedro no había podido utilizar para poder el fuego ese día.
Antuco salió de su barraca, la mañana era fresca, la brisa acariciaba los pastos y el sol ya evaporaba las ultimas gotas de rocío, camino lentamente hacia la cocina, pasó por la habitación donde su madre aún dormía, el alma perturbada y la cojera persistente hacia lento su andar, caminó hacia el fogón de la tullpa y se sentó a ver como se consumía el ultimo trozo de carbón incandescente que Pedro no había podido utilizar para poder el fuego ese día.
Una tarde cuando Genaro García entro al cementerio de Huancayo con tres ramos de gladiolos un ramo de alelíes y varios de pequeñas flores blancas en los brazos, pudo ver a los lados y en el fondo de la gran avenida central que discurre entre los grande pabellones de nichos de aquel cementerio, algunos hombres sujetando altas escaleras pintadas de azul, con un largo travesaño en las partes mas altas de los palos, de entre todos, una escalera llamó la atención de Genaro, era la escalera de un hombre pequeño de tes cobriza, de porte delgado y apariencia ligera, la inscripción en el travesaño en lo alto, decía "el acomodador de flores". Genaro avanzó hasta donde estaba este hombre, le preguntó si podía ayudarle a subir las flores que llevaba al nicho donde estaban los restos de su hermano, -es en el pabellón "San Pablo"- dijo Genaro, -no solo dejaremos las flores, soy el mejor acomodador de flores- dijo el pequeño hombre, esbozando una sincera sonrisa en los labios.
Levantó su alta escalera poniendo uno de los maderos horizontales sobre sus hombros sujetando los grandes palos verticales con sus manos toscas y resecas a manera de ganchos haciendo contrapeso a la inclinación correcta de la escalera en el aire, comenzó a caminar llevando el peso de la escalera sobre su pequeño cuerpo, en ese momento Genaro pudo notar que el pequeño hombre tenía una cojera inusual en uno de sus pies, la escalera se balanceaba de un lado a otro en un equilibrio milagroso.
Ya en el Pabellón "San Pablo" el pequeño hombre acomoda su escalera a la indicación de Genaro en la fila "H" y la columna 16.
De pronto se oyó -Me llamo Antonio- con amabilidad habló el pequeño hombre.
-De niño me decían Antuco- continuó al tiempo en que volvió a dibujarse una sonrisa en sus labios.
Tomó los ramos de flores y corto las cintas de plástico que envuelven los tallos, las dejó en la vereda de concreto y observó detenidamente la cantidad de flores en los ramos expandidos, levantó la cabeza, el sol alumbraba directamente su cara y tostaba su piel a cada golpe luz, en ese momento se podía notar el rigor de los elementos en los profusos surcos que recorrían sus su rostro, tenia los ojos negros y pequeños, sus labios eran delgados y sus pómulos lucían prominentes, su mirada era curiosa y reposada, su frente era ancha y brillaba como fino bronce al sol.
-Soy el mejor acomodador del flores de este cementerio- añadió mientras trepaba lentamente por las escaleras, haciendo notoria esa persistente cojera que lo acompañó siempre, subió con cuidado hasta la fila mas alta del pabellón para bajar la jardinera donde irían las flores que adornarían el nicho.
-Esto lo aprendí de Pedro, mi padrastro, él era de Tarma- anotó brevemente, -alguna vez me contó que de niño sembraba flores en los campos de sus abuelos- mientras rompía los tallos de las flores culminó diciendo: -y lo único que me enseñó en la vida, fue la mejor manera de acomodar las flores, teniendo en cuenta sus formas y sus colores-.
El nicho H-16 del Pabellón "San Pablo" lucía una hermosa jardinera con gladiolos blancos, alelíes amarillos y una lluvia de pequeñas flores blancas distribuidos de tal forma que los colores y su proporción alegraban la vista aquella tarde en el laberinto de nichos olvidaos, donde se pasean almas perdidas del otro mundo y almas penitentes de este mundo.
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